CIUDAD CRONE
Ariel vivia en Ciudad Crone y no estaba seguro de casi nada.No sabía muy bien de dónde vino ni a donde iba; su memoria a menudo se perdía en una nebulosa lejana de evocaciones borrosas y era frecuente que hiciera recuentos y resúmenes de su vida para poder entenderla.Solía caminar por las plazas y espacio central de los bulevares con la parsimonia del que no tiene apuro porque tiene todo el tiempo del mundo.Tal vez fuera así.
Había un dejo de inmortalidad y de eternidad en sus ojos cansados y antiguos.
Flaco, alto, descarnado casi encorvado. El rostro, la expresión facial, sobresalía por sus contornos rígidos bien definidos, rectos, casi metálicos, pese a la barba y el hirsuto enmarañado de un pelo corto y rebelde, casi siempre despeinado, no se sabía muy bien si por algún orden natural de las cosas o por un estudiado desaliño del que a veces parecía hacer gala.
No tenía un oficio conocido, al menos no, uno emergente de alguna profesión liberal o de relación de dependencia. Podría tal vez decirse que era un desocupado, con los alcances que tiene este término en tiempos posmodernos, al menos a juzgar por los horarios en que se lo podía encontrar en algún lugar público: A toda hora, en cualquier momento, en cualquier lugar.
Poca gente de la ciudad podía presumir que alguna vez intercambió algunas palabras con Ariel. Es que el silencio era uno de los atributos de su extraña personalidad. Los que lo hicieron alcanzaban a comentar el extraño timbre de su voz y un sonido parecido a un suave eco de campanillas que la acompañaba. Aseguraban que su conversación era perfectamente lógica y sostenible, pero era muy difícil entablar un dialogo con él. Casi siempre respondía con monosílabos y nunca preguntaba nada. Era como si supiera todo lo que había ocurrido, lo que estaba ocurriendo y lo que iba a ocurrir. Había quienes aseguraban que Ariel conocía el secreto de todos los tiempos.
Nadie, absolutamente nadie, sabia, donde vivía, donde descansaba, dónde dormía, ni si dormía, ni que comía, ni siquiera si comía. Un completo misterio.
Cuando uno le preguntaba a los más viejos acerca de aquel extraño personaje, casi siempre decian: ¿Ariel? Uh, está acá desde antes de la ciudad, desde ante del mundo. En las redes sociales corrían bromas de que venía de la época de los dinosaurios.
El vestía una extraña armadura hecha de relojes, relojes, infinidad de relojes, de todo tipo y modelos. Cada uno marcando su propio tiempo. Había en aquella maravilla, relojes que marcaban la hora exacta local, había otros que marcaban la hora de las principales ciudades del mundo, pero nadie sabía cuál era cual. Había relojes que marcaban hora centesimal, es decir esas horas no tenían sesenta minutos, sino cien; había otros en los que los segundos eran años, es decir cada año el segundero avanzaba una marca y había otros a una velocidad escalofriante en los que en un segundo transcurrían siglos. Alguien dijo alguna vez que en un principio todos los relojes estaban sincronizados, y que un rayo los descuajeringó de manera tal que ya no fue posible ordenarlos. Aquellos que alguna vez hablaron con Ariel, jamás, ya nunca más preguntaron la hora, ni se preocuparon por el tiempo.
Pero ahí No termina la cosa. A raíz de la disfuncionalidad de los relojes la ciudad aparentemente sufrió un severo cataclismo que hacía que sus tiempos discurrieran en forma absolutamente particular.
Existían barrios enteros con tiempos absolutamente diferentes. En el norte de la ciudad, por ejemplo, lo que se conocía como sector número cinco, el tiempo estaba adelantadísimo, pareciendo que vivían en el siglo 23. Era bastante difícil acceder allí pues había que tener una serie de habilidades para poder ingresar. Se decía sin certezas, de allí que aterrizaban naves espaciales procedentes de otras galaxias incluso que actuaban grupos musicales extraterrestres en una especie de sinfonía cósmica de los de las que los habitantes de Circuit Five, así se llamaba el barrio eran particularmente adeptos, al igual que al contrabando interestelar, explotando al palo, su condición portuaria.
En la zona Sur en cambio el tiempo discurría muy lentamente. Había un barrio que estaba viviendo el año 1100 DC y otros que se aprontaban para participar de unas cruzadas a no sé qué tribus de Rancul o algo así.
Algunos exégetas e investigadores de la historia decían que más de 1000 años después Lucio V. Mansilla se inspiró en esos retazos de historia para realizar y escribir su célebre Excursión a los Indios Ranqueles. El dandi habría tomado contactos con esa antigua leyenda cuándo fue gobernador de estas tierras en las etapas institucionales iniciales de estos territorios. Vaya uno a saber
Había un barrio en el que la gente nunca
envejecía y el tiempo parecía detenido. Era muy extraño ese barrio y más de uno
estaba tentado a irse a vivir allí pero prontamente se desanimaban.
Probablemente no debe haber algo más aburrido y desmotivador que la eternidad y
la vida eterna. Allí tampoco seduce demasiado el infinito, pues la
cotidianeidad define de modo implacable uno de los misterios más acuciantes del
individuo: Donde comienza y donde termina.
Al parecer allí no había nacimientos, ni muertes y solo se podía habitar allí,
habiendo nacido y crecido en otra parte. Si por alguna razón, se salía de allí,
había que devolver el tiempo y el sujeto en milésimas de segundo perdía la
inmovilidad del cronos de su existencia y envejecía ipso facto.
Aquello se parecía mucho a una cárcel, incluso por lo aburrido.
El centro el microcentro de la ciudad se mantenían tiempos actuales y
evolucionaba conforme a él pero era muy reducido. Un escaso recinto urbano de
unas 8 o 10 manzanas y que servían esencialmente para interactuar con el resto
del mundo. Allí el tiempo y los servicios eran normales, el comportamiento de
las cosas era conforme la lógica urbana de estos tiempos, Había bancos,
comercios, hospitales, farmacias, burdeles, diarios, pitonisas que adivinaban
el futuro y otras que adivinaban el pasado, como siempre y en todo lugar del
mundo.
Tanto en los barrios como en el microcentro existían extraños
portales por los que era posible,
cumpliendo los requisitos, salir y entrar a aquellos tan diferenciados.
Muy bueno
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