ARIEL
Ariel Amzer era un extraño personaje.
No se sabía muy bien de dónde vino ni adónde iba —si
acaso iba a alguna parte—. Solía caminar por las plazas y los bulevares de la
ciudad con la parsimonia de quien no tiene apuro porque siente que posee todo
el tiempo del mundo. Tal vez fuera así. Había un dejo de inmortalidad y de
eternidad en sus ojos cansados y antiguos.
Era flaco, alto, casi descarnado,
con una ligera curvatura en la espalda. Su rostro, de contornos rígidos y bien definidos, parecía cincelado en metal. Ni
la barba irregular ni el cabello hirsuto y rebelde —corto, despeinado, como
domado por el viento o por un desaliño estudiado— lograban suavizar la dureza
de sus facciones.
No tenía un
oficio conocido, al menos no uno reconocible dentro de las profesiones
modernas. Podría decirse que era un desocupado, con los alcances que tiene ese
término en tiempos posmodernos. Se lo podía encontrar a cualquier hora, en
cualquier sitio, como si el reloj del mundo no rigiera sobre él.
Poca gente en la ciudad podía presumir de haber intercambiado algunas palabras con
Ariel. El silencio era uno de los atributos de su extraña personalidad. Quienes
lo habían hecho comentaban el timbre inusual de su voz, acompañada por un eco
suave, como el tintinear lejano de campanillas. Aseguraban que su conversación
era perfectamente lógica y razonable, pero resultaba casi imposible sostener un
diálogo con él: respondía con monosílabos, nunca preguntaba nada. Era como si
ya supiera todo lo que había ocurrido, lo que estaba ocurriendo y lo que iba a
ocurrir. Había quienes aseguraban que Ariel conocía el secreto de todos los
tiempos.
Curiosamente, su apellido, Amzer, significaba “tiempo” en bretón, una lengua antigua de origen celta
que aún sobrevive en los confines de la Bretaña francesa. Pocos lo sabían, y
menos aún comprendían la coincidencia —si acaso lo era— entre su nombre y su
naturaleza. Parecía como si el propio destino hubiera elegido ese vocablo
ancestral para nombrar a quien llevaba, sobre los hombros y en el alma, el peso
de todos los relojes del mundo.
Nadie, absolutamente nadie, sabía dónde vivía, dónde descansaba, dónde dormía —ni
siquiera si dormía—, qué comía, o si comía. Era un completo misterio.
Vestía
una extraña armadura hecha de relojes: relojes de todo tipo y modelo, cada uno
marcando el tiempo a su manera, sincronizados, acompasados, al ritmo aburrido
de una ciudad aburrida, en un costado aburrido del mundo.
Ariel Amzer
era un loco inofensivo, de esos que las ciudades pequeñas
toleran como parte del decorado. Nadie recordaba su oficio ni su familia, pero
todos lo conocían: caminaba las calles de Formosa con una armadura. Nadie sabía
cuándo había empezado a vestir aquel ropaje Algunos juraban que de joven fue
relojero, otros decían que había trabajado en el correo. Lo cierto es que se
había vuelto parte del paisaje. Caminaba lento, arrastrando los pies, con esas
decenas de relojes atados al cuerpo. No era peligroso ni agresivo; apenas
murmuraba frases sueltas sobre minutos que se desacomodaban o segundos que se escapaban
como agua entre los dedos o repitiendo que el tiempo no estaba bien, que los
relojes andaban torcidos, que había que vigilarlos.
Los niños lo seguían riéndose, los adultos lo esquivaban
con fastidio, y los ancianos lo miraban con un respeto supersticioso. En el
fondo, todos sabían que Ariel representaba algo que no se animaban a nombrar:
la fragilidad del tiempo en un lugar donde nunca parecía ocurrir nada.
Fue en ese estado, la rutina quebrada solo por la
presencia de un loco con relojes, que el cielo o acaso el infierno decidió intervenir
LA DESINCRONIZACION
Una tarde de verano, el aire se
volvió espeso como melaza. La siesta estaba en
calma, hasta que el cielo empezó a rugir con un viento caliente que nadie supo
de dónde venía. Ariel, erguido en la esquina de la plaza, levantó los brazos
como si esperara algo.
“¡Ahora sí!”, gritó. Y el rayo lo encontró de lleno, una
lanza blanca que le partió la cabeza y lo arrojó contra el cordón de la calle.
El silencio que siguió, duró apenas un segundo.
Después, lo imposible.
Los relojes
de su armadura latían desacompasados: algunos marcaban el
amanecer, otros el crepúsculo, y uno, pequeño y oxidado, repetía eternamente la
medianoche.
El sonido de cientos de tic-tacs superpuestos formaba una
música imposible, una sinfonía que ni siquiera él parecía comprender.
Ariel se detuvo junto a una
fuente seca. Observó el reloj de la capilla cercana, cuya
manecilla de los minutos giraba en sentido contrario al de las horas. Luego
alzó la vista hacia el cielo: había un sol pálido y una luna reciente,
compartiendo el mismo espacio.
Sabía que algo estaba desajustado en el tejido del
tiempo, y que ese desorden —aún imperceptible para los demás— se filtraría
tarde o temprano en el mundo de los vivos.
Un viento tibio recorrió los bulevares, moviendo el polvo y las hojas secas como
si intentara borrar las huellas de su paso. Fue entonces cuando Ariel Amzer
comprendió que el equilibrio se había roto.
Y que el eco de ese quiebre llegaría, inevitablemente, hasta la Ciudad
FORMOSA
La
ciudad de Formosa —o Fermosa, como algunos papeles amarillentos de la
administración municipal aún se atrevían a llamarla—
parecía sostenerse con el pulso lento de treinta mil almas. Sus calles se
estiraban entre polvo y barro, flanqueadas por casas bajas de techos de chapa,
como si quisieran abrazar a quienes en ellas vivían. El río, único horizonte
verdadero, reflejaba el cielo y los pocos barcos que lo atravesaban, guardando
secretos que nadie preguntaba y recuerdos que nadie reclamaba. En Fermosa nunca
pasaba nada. Era una ciudad prolija en su tedio: las calles rectas, el calor
húmedo, los bares con televisores que repetían siempre los mismos partidos
viejos. Una ciudad tan común que hasta sus habitantes olvidaban mencionarla
cuando viajaban.
A las seis de la tarde, los
comercios cerraban sus puertas, y el aire quedaba impregnado del aroma del pan
recién horneado, del mate amargo compartido en
las esquinas y del eco repetido de los pregoneros en el mercado. Las familias
se encontraban en las plazas, los niños trepaban a los juegos herrumbrados, y
los perros vagabundos aprendían los nombres de quienes los acariciaban por un
instante. A las ocho, los faroles encendían su luz débil, dibujando sombras
largas sobre las veredas y alumbrando silencios que solo los grillos sabían
llenar.
Formosa no tenía misterios aparentes, pero guardaba la memoria de cada
paso dado sobre sus calles, del río que observaba sin prisa y de las rutinas
que parecían eternas. La ciudad respiraba al compás de quienes la habitaban,
conservando en cada esquina, en cada puente y en cada costanera, la insistente
sensación de que, aunque el mundo cambiara, ella permanecería igual, siempre
idéntica a sí misma, como un recuerdo que se niega a desvanecerse.
Y, sin embargo, había un detalle que rompía
la monotonía: Ariel.
LA FRACTURA
La desgracia llegó con un fenómeno que aún hoy divide las versiones: un
relámpago atmosférico que cayó sobre él en pleno boulevard. Fue tan brillante
que, por un instante, el cielo entero pareció romperse.
Los ancianos lo recuerdan como la Fractura del Tiempo.
Es el momento en que todos los
relojes de la armadura de Ariel Amzer se descuajeringaron y desde entonces,
Ariel ya no fue el mismo: algunos lo vieron desvariar, otros aseguran que
simplemente se multiplicó, como si
habitara varios instantes a la vez.
Lo cierto es que aquella energía no se detuvo en él. La ciudad entera quedó contaminada
por la asincronía: barrios que despertaron en el siglo XV, otros que corrían
hacia el XXII; calles donde el tiempo se detenía por completo, y nadie nacía ni
moría; rincones donde el tiempo retrocedía o se precipitaba con vértigo. Desde
esa noche, la vieja aldea perdió su nombre y comenzó a ser llamada Ciudad Crone,
un lugar donde cada distrito obedece a un reloj distinto y donde el mundo
exterior solo puede entrar por portales inciertos.
Y en el centro de todas las
leyendas, siempre está Ariel Amzer
que ya no tenía una simple armadura de relojes sino una maravilla en la que había relojes que daban la hora exacta local, otros que
marcaban la de las grandes ciudades del mundo —aunque nadie sabía cuál era
cuál—. Había relojes centesimales, cuyos minutos eran cien en lugar de sesenta;
y otros en los que los segundos eran años, donde cada giro del segundero
equivalía a un ciclo solar. Algunos, en cambio, giraban con una velocidad
escalofriante, haciendo pasar siglos en un parpadeo.
En las calles, las paredes
cambiaban de color, de forma, de siglo. El tiempo se descuajeringó como los relojes de Ariel, y nadie volvió a saber si
era ayer, hoy o mañana.
La ciudad dejó de llamarse Fermosa. Algunos la bautizaron Ciudad Crone,
como un mal chiste. Otros, con miedo, dejaron de nombrarla.
Y en medio del caos apareció Avavé, el barrio vacío, donde fueron a parar los
expulsados por la discordia temporal: duendes, mitos, criaturas atemporales que
parecían haber estado siempre y no dependieran del tiempo, fueron a parar allí,
aunque nadie los había visto jamás.
Desde entonces, Ariel Amzer camina entre los hombres con
los tiempos rotos sobre el cuerpo, como si su destino fuera custodiar el caos
de las horas perdidas., el hombre de los relojes, caminando todavía, como si nada de aquello lo hubiera tocado, como si él
mismo fuera el guardián —o el culpable— de la herida en el tiempo.
AVAVE
Luego del desbarajuste producido
por ese cataclismo que convirtió la vida
normal de la ciudad, donde la gente disfrutaba la siesta bajo las mansas
plantas de mango, en algo inentendible, lleno de gente inentendible, quedaron
relegados los personajes de siempre: los habitantes habituales del mito.
Cada barrio, que antes formaba parte de una ciudad tranquila y homogénea, se
había vuelto un mundo cerrado en sí mismo. Los tiempos históricos, el
desarrollo del conocimiento, los usos horarios, las lenguas y las costumbres se
habían desfasado entre sí.
En medio de esa confusión, un sector quedó
definitivamente excluido: el mundo de las creencias.
Allí
fueron a parar los duendes, los mitos y personajes que por siglos habían
habitado la imaginación del pueblo. Aquellos que antes infundían respeto —y
hasta cierto temor reverencial— ahora eran ignorados, ninguneados.
La exclusión les provocó no solo enojo sino una
preocupación profunda: comprendían que, si nadie los recordaba, estaban
condenados a desaparecer.
Por primera vez en siglos,
enemigos tradicionales y rivales de oficio decidieron reunirse: El Caraí Octubre
miraba de reojo al Jasý Jateré porque le robaba protagonismo en la siesta, su
horario laboral; el Pombero, con su afición a la caña, desconfiaba del Curupí,
famoso por su peligrosa dotación; y todos, sin excepción, le temían al Lobizón,
cristiano que en ocasiones se emperraba y se volvía, violento y pendenciero.
Pero esta vez no los unía el amor, sino el espanto.
Sabían que su supervivencia dependía de una causa común.
Decidieron encontrarse en las
afueras de la ciudad, lejos del ruido de los carruajes imperiales y de los
zumbidos de los platillos voladores que aterrizaban con luces azules en los
barrios adelantados tres mil años. El
Pombero propuso un lugar: el viejo cementerio abandonado. Nadie objetó. Allí
nadie los molestaría. Y como todo barrio que se precie necesita un nombre,
eligieron llamarlo Avavé, que en la lengua ancestral significa Nadie.
Se instalaron allí y superadas
las primeras desconfianzas, comenzaron las deliberaciones sobre cómo abordar tan delicada situación.
Estos seres —mitos de la región guaraní— no eran ajenos
al espíritu de su pueblo: eran parte de su reserva espiritual, de ese lugar al
que se recurre cuando la razón no alcanza.
Todos coincidían en que vivían una emergencia extrema. Pero, apenas se
habló de compromisos, las excusas florecieron. El Caraí Octubre recordaba que
solo trabajaba un mes al año. El Curupí prefería “acompañar desde atrás” con el
consiguiente murmullo de suspicacias. El Lobizón alegó que solo actuaba los
viernes de luna llena. El Jasý Jateré, soñoliento, dijo que su campo de acción
eran los niños y las horas de siesta. Uno a uno fueron esquivando el bulto,
hasta que el Pombero, cansado de tanta tibieza, tomó la palabra. Dijo que la
mitología de los pueblos no nace de un día para otro.
Que ellos viven en el inconsciente colectivo, y que si el pueblo estaba
enfermo, les correspondía salir a defender su identidad. Que también a ellos
les iba la vida en ello. Cuando terminó, ya era casi medianoche. Nadie habló.
El Jasý Jateré cabeceaba, el Curupí escupía el jugo del cigarro apagado, el Caraí
Octubre hurgaba las brasas y el Lobizón se había esfumado en la oscuridad.
El Pombero comprendió que se quedaba solo, así que dio por terminada la
reunión, fijando una nueva para la noche siguiente.
Al día
siguiente, todos volvieron. El aire era distinto: ya sabían que el Pombero
lideraría la causa.
Pero faltaba definir cómo actuar. Cómo hacer para que alguien, allá afuera, escuchara su
llamado. Porque en esa ciudad partida nadie podía oírlos.
Y así, entre el
humo del tabaco y las brasas del fuego, el Pombero propuso buscar a uno de los suyos, un humano que aún
pudiera sentir el pulso antiguo de la tierra.
Uno que,
aunque no lo supiera, todavía escuchara
el clamor se furioso se levantaba en Avavé, aunque fuera uno solo el que movía
los hilos
LEANDRO MONTES
Para
Leandro Montes, todo comenzó de un modo
singular. Era el
columnista estrella en Ciencias y Tecnologías del diario El Universal.
Se
encontró con esta desmesurada historia sin
proponérselo y sin saber que lo marcaría profundamente, hasta dar un giro
definitivo a su vida.
El
jefe de redacción le comentó que algo
extraño sucedía en una ciudad lejana, un sitio que quizá no le resultara del
todo ajeno ya que en los documentos que había presentado al ingresar al
periódico figuraba ese punto remoto como su lugar de nacimiento.
Efectivamente,
había vivido allí de niño, en un pequeño rancho,
una estanzuela que tenían sus padres no muy lejos de la capital. Su infancia
transcurrió en una casona antigua rodeada de frutales y flores. Dormía
arrullado por el canto de los búhos y despertaba con un concierto de trinos y
charatas que compartían el maíz del patio con las gallinas. Aprendió a leer y a
escribir en una escuela rural, a cinco kilómetros de la casa, donde una maestra
paciente le inculcó la pasión por los libros y la búsqueda del conocimiento.
A los
cinco o seis años, el niño Leandro recorría
los caminos de ese universo, casi siempre a caballo. Su compañero era un petizo
criollo, de pelaje indefinido y desteñido por los años, al que había bautizado
Corbata. Una raya blanca descendía por el cuello hasta el pecho y a Leandro le
parecía una golilla discreta, como si el animal se engalanara cada mañana para
acompañarlo.
En
aquel tiempo, la selva le hablaba en silencio: el rumor tenue de los esteros y
sus aves, el olor a tierra antes de la tormenta, la luz temblorosa del candil,
marcaría su memoria para siempre, aunque años más
tarde, lejos de allí, juraría haberlo olvidado.
Cerca
de la adolescencia, sus padres lo enviaron a la ciudad, con la intención de asegurarle una mejor educación. Sin saberlo, lo
desarraigaron para siempre de aquel mundo silvestre.
Volvía en vacaciones, cada vez con menos frecuencia. El
recuerdo de los montes, los mitos, las luces del farol petromax, los fogones en
familia, el lento andar de los carros de bueyes fueron cediendo ante la
televisión, el cine y la modernidad. Eran los últimos estertores de una
civilización pastoril que apenas había cambiado desde los años veinte, los
últimos sobrevivientes de una clase media rural que pronto sería absorbida por
la globalización.
Ya
casi sobre el final de los años setenta
logró embarcarse en el vagón de cola de ese tren tecnológico que arrancaba,
dejando a padres y abuelos varados en el andén de la estación del tiempo. Y la
vida lo llevo lejos. Había conocido el mundo lento, traccionado a sangre y pudo
viajar en aviones supersónicos a Paris, en trenes ultrarrápidos por Alemania,
se maravilló recorriendo los laberintos subterráneos de Londres y recaló vaya
uno a saber por qué extrañas circunstancias en la Ciudad de México. Nadie sabe
que lo cautivó. Tal vez su profunda riqueza cultural que se manifiesta en un
contraste fascinante entre su historia prehispánica y el modernismo, quizás su
gastronomía o acaso esa vibrante y creativa desmesura del mariachi. Vaya uno a
saber.
Lo concreto es que de las aulas
universitarias pasó a las empresas tecnológicas y luego al
periodismo especializado. Allí encontró su modo de ganarse la vida y, sobre
todo, una manera de mantenerse en contacto con las novedades y rarezas del
planeta. Su existencia se volvió metódica, casi burguesa. Los problemas en una
página, las soluciones en otra, y un manual de procedimientos para todo lo
demás.
Entre
vuelos, hoteles y coberturas, cuando estaba en la ciudad, pasaba sus días en un departamento de la colonia Condesa en el DF, en
pareja con una colega mexicana del diario, una relación flexible, posmoderna,
ajustada a los ritmos del trabajo. Podía considerarse un ciudadano del mundo:
pocas raíces, muchas alas. La realidad se le presentaba como un holograma en
constante mutación, atravesado por el tiempo y el espacio, bajo la influencia
de teorías físicas y cósmicas que lo convencían de lo efímero de la existencia.
Tras
la muerte de sus padres, vendió los campos
de la infancia. Sabía que nunca volvería a vivir allí; ese universo ya no le
pertenecía. O quizá, pensaba, él había dejado de pertenecerle a ese lugar.
Y,
sin embargo, cuando aquel rumor llegó a su
escritorio —esa noticia difusa sobre una ciudad perdida en el mapa, sobre algo
raro que estaba ocurriendo allí—, una inquietud le recorrió el espinazo. Era
como si el pasado, que creía sepultado, se hubiera atrevido a tocarlo de nuevo
en el hombro.
Leandro
nunca imaginó que eso volvería a reclamarlo como si el
tiempo no hubiera pasado. Antes de que su mundo se volviera digital y
vertiginoso, había aprendido a medirlo en trinos de zorzales y tormentas en el
horizonte, a leer el silencio como si fuese un libro abierto. Creció convencido
de que aquel universo era eterno. Y eso tal lo aburrió.
Después,
los días, los minutos y los segundos se volvieron ceros y unos. fracciones y
múltiplos escalofriantes:
microsegundos, nanosegundos, que ya no estaban solos, sino que formaban parte
de una sucesión inconmensurable que une lo más diminuto
con los eones, donde tiempo y espacio se entrelazan de tal modo que es imposible concebir el
uno sin el otro, definiendo una danza de secuencias que se extiende desde el
infinito hasta la eternidad, en todas direcciones.
De allí surge
la armoniosa sinfonía de lo bello a escala galáctica y la perfección de lo
exacto en los dominios subatómicos.
Ayer, hoy, mañana —o tal vez nunca— coexistiendo en el
reino de lo cuántico y sus misteriosas implicancias.
—Montes, necesito esa nota para
el cierre —gruñó el jefe de redacción, golpeando el lápiz
contra la mesa como si marcara un tambor de guerra.
Leandro lo miró en silencio. Había pasado la noche escribiendo, pero el
artículo le parecía hueco, insulso, algo escrito en piloto automático: apenas
un eco lejano de esos textos filosos y punzantes con los que solía poner en
jaque la ética y la estética del posmodernismo.
El jefe insistió, hablándole de plazos, de urgencias, de titulares.
Leandro apenas lo escuchaba. Tenía los ojos fijos en la
pantalla, pero la mente en otra parte.
Algo lo acosaba desde hacía un par de semanas. No era nostalgia, ni romanticismo:
era una extraña certeza, la intuición de encontrarse frente a algo que lo
cambiaría todo, aunque no supiera todavía de qué se trataba.
El jefe resopló una vez más, fastidiado, y se alejó mascullando
improperios.
Leandro entregó el archivo, apagó la computadora y, por primera vez en
años, no le importó la suerte ni la potencia de su texto. Ni siquiera le
preocupó la posibilidad de ser despedido. Simplemente salió.
Afuera, la ciudad —con su ruido
eléctrico y convulso— lo absorbió. Pero en su interior, sin
razones aparentes, el galope lejano de Corbata, aquel caballo de su infancia,
parecía recordarle que aún había caminos de tierra
por recorrer.
Cuando llegó a su departamento, en una exclusiva zona del DF donde
vivía, lo recibió un fuerte e inexplicable olor a tabaco negro curado al aire: el
negro criollo que se utiliza para elaborar los cigarros pó guazú y el pety hũ imprescindible para el naco, ese arraigo cultural de la región guaranítica vinculado a la masticación de hojas de
tabaco y cenizas de ciertas plantas. No había razones
lógicas para ese aroma.
Nadie que él conociera fumaba esa clase de tabaco.
Pero había razones poderosas y misteriosas que él aun no conocía.
LAS SEÑALES
Leandro no
sabía cuándo habían comenzado, pero su computadora y su teléfono empezaron a
comportarse de manera extraña Al principio fueron pequeños detalles. Su laptop
se encendía sola, abriendo carpetas que él no había tocado, mostrando fotos de
calles que no conocía y archivos de texto con frases incompletas. Archivos que
no recordaba haber abierto aparecían en el escritorio, con nombres que parecían
susurrar su propio nombre. Mensajes incomprensibles surgían entre
notificaciones de aplicaciones, breves frases en idiomas que apenas podía
reconocer, acompañadas de un zumbido leve, como un murmullo lejano.
Luego fue el
teléfono. Sonaba o vibraba sin mensajes, y al desbloquearlo aparecían palabras
sueltas, como si alguien escribiera a medias en su mente: “Necesario… urgente…
no ignores…”.
Luego las
voces Una noche, mientras revisaba correos rutinarios, las escuchó por primera vez.
Apenas un murmullo mientras trabajaba, como viento entre hojas secas. Al
principio pensó que eran imaginaciones suyas, ecos de cansancio. Pero las
noches siguientes crecieron en claridad y urgencia. Lo llamaban por su nombre,
lo guiaban, le mostraban mentalmente callejones torcidos, puentes iluminados
por faroles que él nunca había visto. Le hablaban de un lugar donde el tiempo
no era igual que aquí, donde la ciudad misma parecía respirar.
Los sueños
llegaron después. Caminaba por un lugar que desconocía pero que sabía que se
llamaba Ciudad Crone sin siquiera haberla visto, entre calles torcidas, luces
que se doblaban sobre sí mismas, y sombras que parecían moverse con intención
propia, edificios que susurraban secretos en lenguas que recordaba haber
olvidado. Sentía la tierra bajo sus pies, un latido antiguo que recorría todo
su cuerpo. Cada sueño terminaba con una frase que parecía vibrar en sus huesos:
“Te necesitamos en Ciudad Crone”.
Leandro se
despertaba con la sensación de que los sueños habían sido más reales que la
propia habitación, con la piel erizada, y un leve olor a tierra húmeda que
nunca estaba allí durante el día. La invitación era urgente, insistente, como
si la ciudad misma lo llamara, y él sabía que no podía ignorarla.
Pero no solo
era en el mundo digital o en los sueños donde le ocurrían cosas. En su propia
casa, los fenómenos comenzaron a manifestarse físicamente. Una taza aparecía en
el suelo frente a la ventana, un libro abierto sobre palabras que él no
recordaba haber leído, luces que parpadeaban al ritmo de los murmullos. Una
sombra cruzaba por los pasillos cuando apagaba la lámpara. Una vez, la persiana
de su habitación se movió sola, como empujada por una mano invisible, y escuchó
pasos acercarse al escritorio sin que nadie estuviera allí.
Cada noche,
la insistencia aumentaba. Las voces se volvían más claras, más firmes, más
exigentes. Los sueños más vívidos y prolongados. Cada parpadeo de la luz, cada
cambio mínimo en la casa, parecía un mensaje codificado: Ciudad Crone lo
necesitaba, y él no tenía ya escapatoria.
Leandro
comprendió que ignorar las señales solo las haría más poderosas. Cada intento
de racionalizarlo fracasaba frente a la evidencia de que algo lo estaba
convocando, algo que trascendía los límites de la lógica y de la distancia
MANUEL
Montes tenía un amigo que vivía en las afueras de Ciudad
de México, hacia el norte, por los caminos que llevan a Amecameca o Chalco.
Manuel Aquino Augten, paraguayo y colega suyo en El Universal,
trabajaba en la sección deportiva. Tenía además una pequeña granja donde criaba
conejos y cuidaba unas milpas. Leandro solía visitarlo cada tanto
Manuel conocía mucho de la mitología guaraní, así que
Leandro decidió consultarlo por aquellas extrañas señales que recibía… o creía
recibir.
Comieron tacos, bebieron tequila, rieron, recordaron
viejas coberturas periodísticas, y luego Leandro fue al grano: le contó lo de
los sueños, los olores, los objetos que se movían solos, esa sensación
inexplicable de estar siendo llamado desde lejos. También, casi al pasar,
mencionó aquel comentario que su jefe de redacción le había hecho sobre su
ciudad de origen, Formosa —o Fermosa, como decía—, y la proximidad de esa
tierra con el Paraguay natal de Manuel. No le había dado importancia, pero algo
en esa coincidencia empezó a inquietarlo.
LAS SEÑALES DE MANUEL
La casa de Manuel tenía un patio generoso, con jardines,
pérgolas y flores. Al fondo, junto a la cerca, crecía un pequeño bananal que él
cuidaba con esmero: regaba las matas, despuntaba los cachos para que los frutos
engordaran, podaba las hojas secas.
Una tarde encontró entre las hojas unas marcas extrañas,
como si algo pesado hubiera reposado allí. Pensó en un perro callejero que
buscó abrigo o en una perra que fue a parir su camada, pero no encontró huellas
ni crías. Olvidó el asunto.
Días después, cerca de la medianoche, mientras buscaba
unas prendas en el tendedero, le pareció oír el piar de pollitos. Se dijo que
alguna gallina habría perdido un pequeño y no le dio más vueltas.
Otro día, cenando, escuchó relinchos y galopes. Tampoco se inmutó: era habitual
el paso de caballos por la zona rural. Hasta que un sábado, entrada la
madrugada, lo despertó una ráfaga de truenos violentos sobre el techo de chapa.
En medio del silencio del campo, sonaban como cañonazos. No vio nada, pero
quedó conmovido. Esa vez la duda le duró más tiempo.
Manuel era aficionado a la artesanía. En sus ratos libres
trabajaba la madera y el hierro en un pequeño taller del fondo: bancos,
sierras, un yunque, una fragua. Como ya le habían robado un par de veces,
instaló un sensor de movimiento conectado a una alarma y a un potente reflector.
Una madrugada escuchó martillazos sobre la bigornia y el
soplido de la fragua encendida. Buscó su arma, pero antes de salir se activó la
alarma: una chicharra infernal, tan aguda que habría despertado a un oso a
cinco cuadras.
Asustado, disparó al aire, y escuchó una huida
destemplada, una carrera veloz, animal o humana, imposible de distinguir.
Revisó el fondo, apagó la alarma y se quedó pensando.
La mente racional empezó a trabajar: el viento movió la rejilla de la fragua, los golpes
fueron un sueño, la alarma la disparó un gato o un perro.
Otra vez, la razón negando las percepciones de la psique
profunda.
Después de aquel episodio, pasaron varios días de calma.
No dijo nada a nadie.
Por su oficio, era común que lo encontraran despierto
hasta la madrugada, leyendo o escribiendo. Pero esa semana un cansancio
inexplicable lo vencía temprano. Y entonces, como a su amigo Montes, comenzaron
los sueños.
Una noche despertó sobresaltado, con la sensación de
haber estado hablando con su abuelo… en guaraní. Las palabras le retumbaban en
la cabeza:
—Eíra, che
ra’y, e moï eíra. Miel, mi hijo, ponele miel.
Aún medio dormido, tomó un frasco de miel de la alacena y
lo dejó destapado sobre unas tarimas en el patio.
A la mañana siguiente se fue a trabajar sin recordarlo.
Cerca del mediodía, una vecina lo llamó por teléfono:
algo raro pasaba en el fondo.
Cuando volvió, la escena era dantesca.
Millares de abejas revoloteaban desesperadas. Otras mil
estaban dentro del frasco, empapadas en miel, las alas pegadas. En el suelo, un
enjambre moribundo era devorado por pajaritos que hacían un festín. No había
nada que hacer. Se quedó mirando hasta que las abejas acabaron la miel y los
pájaros, las abejas. Al final solo quedaron unos cuicacoches
esperando que lloviera de nuevo néctar o avispa.
La noche siguiente soñó otra vez:}
—Caña, che
ra’y, e moï caña. Caña, hijo mío. Ponele caña.
Buscó caña paraguaya, pero solo tenía tequila. Lo dejó.
Esa madrugada los golpes en el techo fueron
insoportables. Parecía que el tequila no servía para apaciguar lo que fuera que
pedía aquello.
Entonces vino el tercer sueño:
—Petý, petý
hũ, che ra’y… upea ndojagýi. Dejale tabaco negro, hijo. Eso no falla.
Y ahí comprendió.
Aquello que rondaba su casa era el mismo espíritu que
visitaba a su amigo.
—Se trata del Pombero —dijo en voz alta—. El que está
dejando los mensajes es él.
Esa misma tarde llamó a Leandro.
—Hacele caso, hermano —le dijo—. Suele ser cargoso. Y si
vino hasta acá, es porque algo grave se mueve allá.
Desde ese día, Manuel dejó de ser molestado. Solo quedó,
en el aire del patio, un aroma persistente a tabaco negro y un zumbido lejano,
como si todavía hubiese abejas soñando con miel.
En cambio, Leandro, sintió que su alma se encogía dentro
de sus sesos.
Y entonces comenzó la búsqueda
LA BUSQUEDA
Sin otra mejor ocurrencia y urgido por sus
propias inquietudes, Leandro Montes se sentó
frente a la computadora, convencido de que lo más sensato —o lo más natural en
un hombre de su oficio— era empezar por lo obvio: buscar en
internet.
Tecleó
“Ciudad Crone”, “Fermosa anomalías”, “tiempo raro en Formosa” y, como quien
abre una puerta sin saber qué hay detrás, presionó Enter.
La primera oleada de resultados fue
decepcionante: noticias de turismo, notas de color, blogs de viajeros aburridos.
Pero, entre los escombros digitales, empezaron a aparecer hilos olvidados en
foros viejos y páginas que parecían diseñadas en los noventa.
Gente que hablaba de “barrios en los que no pasaba el tiempo”, de “calles que
llevaban a siglos distintos”, de un tal Ariel que siempre aparecía en las
plazas.
No conforme, Montes hizo lo que mejor sabía: cruzar datos. Tomó
esas menciones dispersas y empezó a cotejar fechas, nombres y descripciones.
Descubrió contradicciones imposibles: un mismo barrio aparecía como fundado en
1870 y en 2124; el nombre de una mujer constaba en un censo de 1950 y en una
partida de nacimiento de 2020. Como si la ciudad se reescribiera en cada
registro.
El siguiente paso fue mapear la anomalía.
Abrió Google Maps, luego, Google Earth, después
OpenStreetMap. Al principio todo parecía normal, hasta que
se fijó en los bordes: manchas borrosas, calles que no conducían a ningún
sitio, barrios duplicados. Dio coordenadas al azar y, en una esquina del mapa,
el nombre “Avave” titilaba y desaparecía como si el sistema no pudiera decidir
si debía mostrarlo o no.
Los foros, hilos de Reddit, grupos de
Telegram o Discord, blogs viejos, archivos PDF olvidados en repositorios
brindaban alguna información que mas
que sumar parecían agregar mas incertidumbres que certezas.
Con “Wayback Machine” esa
herramienta para encontrar rastros de
páginas borradas, aparecieron algunas cosas mas, pero todo seguía siendo
misterioso, parcial, insondable, pero a la vez poderosísimo motor de su
desmesurada curiosidad.
Sonrió:
era el tipo de rareza que no podía dejar pasar.
Tambien
se dio cuenta que dejo de soñar o de recibir mensajes incomprensibles.
Se
dio cuenta que estaba en una senda de misterios insondables y eso lo excitaba.
Escribió
un par de scripts sencillos para hacer scraping y mineria de datos, y raspar datos de catastros y boletines oficiales, para luego cruzarlos y
relacionarlos.
Las anomalías
crecieron: barrios que se incorporaban y desaparecían del padrón municipal en
cuestión de días, decretos derogados antes de haberse publicado, obras públicas
planificadas en 1895 con presupuestos del 2070.
Con el cosquilleo de quien sabe que ya está entrando en terreno prohibido, se internó en la deep web.
Foros anónimos, páginas en dominios extraños,
capturas de mapas imposibles. Allí apareció por primera vez la palabra escrita
con seguridad: Ciudad Crone. No como rumor, no como mito: como si se
tratara de una entidad reconocida, aunque nunca registrada oficialmente.
Por último,
siguiendo el rastro de comentarios dispersos, Montes terminó en un canal de mensajería encriptado, donde un grupo reducido se hacía llamar temporólogos. Allí
leyó frases crípticas: “los relojes no se reparan”, “el rayo no fue
casualidad”, “Ariel sigue caminando”. Montes sintió que había abierto una
grieta. Ya no se trataba de un simple dato curioso: era una verdad que se
escondía en los pliegues de la red, esperando a que alguien, como él, la
desenterrara.
Poco
a poco fue sintiendo una necesidad irrefrenable de encontrar el modo de ver
aquello de cerca
Montes
se sumergió en la maraña digital como quien persigue un fantasma. Visitó
hackerspaces donde programadores insomnes compartían teorías imposibles sobre
relojes cósmicos, foros de temporalistas que discutían con la vehemencia de
profetas, blogs donde amateurs registraban fenómenos extraños entre memes y
pseudociencia. No se quedó en la superficie: intercambió favores, ofreció
espacio en el diario a cambio de datos duros, persiguió hasta la última nota al
pie de cada hipótesis extravagante. Y finalmente creyó
haber dado con algo. Un punto de partida. Una hebra que podía tirar.
PRIMER HALLAZGO
En un
antiguo blog de un taller de literatura encontró un texto de un tal Axel Jouck
que parecía describir Ciudad Crone y si bien no constituía una prueba, era algo
concreto y plausible.
Decia asi:
“Crone tiene
muchas singularidades; una de ellas es que nadie sabe exactamente cuándo se
fundó, ni dónde.
Los mitos más disparatados señalan que en sus inicios
podría haber sido una aldea pequeña y remota llamada Fermosa o acaso Formosa,
pero ni los historiadores más serios están en condiciones de asegurarlo.
En cuanto a la época, es algo aún más discutible, nadie
sabe si Ciudad Crone existe desde hace mucho, hace poco, dentro de poco o
dentro de mucho.
Esto se debe a que en Ciudad Crone el tiempo parece
funcionar de manera diferente.
Disfruta - o padece - de una salvaje fluctuación temporal
que hace que aquellos que, inflando pecho, se autodenominan expertos, se
extravíen en los distritos del divague sin llegar a conclusiones definitivas
respecto de su naturaleza y funcionamiento
Algunos postulan farragosas teorías que explican la
atemporalidad de todas las cosas a través del “Flujo de resonancia cíclica” y
otros tratan de definir los alcances e implicancias del único punto planetario
afectado por la “geografía cuántica”
Algunos sostienen que tal vez una de las cabeceras de un
puente de Einstein-Rose, otros postulan la sospecha de un agujero negro en
equilibrio dinámico estacionado en ese lugar y algunos más sostienen que no es
otra cosa que las puertas del mismísimo Hades, con Caronte y Cerberos.
Lo concreto es que cualquiera sea la cosa que allí este
pasando, hay que asumir la separación de la ciudad en áreas donde discurren
líneas temporales diferenciadas, o sea, barrios enteros afectados por una época
en particular, diferentes de otros, a veces separados tan solo por una calle.
Nadie conoce toda la topografía de Ciudad Crone.
Hay quienes aseguran que viven en barrios que van por el
siglo 12 DC y se maravillan ante algunos inventos cotidianos como la
electricidad o el agua corriente y otros que se espantan porque todavía ven
algunos individuos usando celulares en los tiempos de la comunicación
telepática.
Los habitantes en general pueden moverse con libertad
entre estos barrios, siempre que cumplan con ciertas normas.
De todos modos, estas normas varían de rigidez de un
barrio a otro y nadie tampoco está muy seguro de que es lo permitido y que es
lo censurado en Ciudad Crone
Esa particularidad geografía no es algo estable y
uniforme, porque no solo están las fronteras físicas, sino que también están
las fronteras temporales y entre el pasado y el futuro hay grietas que se abren
y cierran de forma espontánea, con una frecuencia variable que depende de
factores que solo los temporologos son capaces de predecir, como una especie de
terremotos de tiempo en los que pueden ocurrir cosas verdaderamente novedosas.
Es recomendable estar atento a las noticias, pues nunca
se sabe cuándo el pronóstico puede anunciar chaparrones de pasado o granizo de
futuro, a veces ventarrones ancestrales pueden convertir una semilla en un
árbol viejo en cuestión de minutos, o un hombre puede quedar atrapado en una
neblina regresiva y salir de ahí como un recién nacido.
Ciudad Crone sin dudas, es un lugar repleto de misterios
y no se sabe si se trata de una sola ciudad en muchos momentos, o muchas
ciudades que convergen en un momento único, lo cual genera todo tipo de
especulaciones leguleyas.
Están quienes debaten sobre si efectuar cambios en el
pasado altera el futuro y quienes aseguran que todo lo que se haga en el antes
ya estaba destinado a suceder de todas formas.
Hay quienes creen que todo es una ilusión, un fallo en la
gran computadora cósmica, y otros emprenden expediciones por las fisuras,
convirtiéndose en ancianos y niños cientos de veces por día para encontrar
respuestas; al final regresan locos o no regresan nunca.
Algunos de estos delirantes afirman ver autos voladores,
cabinas telefónicas inglesas que aparecen y desaparecen, o caballeros
solitarios vistiendo armaduras. Por esto se recomienda a aquellos que tienen
curiosidades por entender lo inentendible, que es mejor dejarlo como está,
especialmente si no se está dispuesto a deambular por los distritos de la
locura.
Los barrios de Ciudad Crone son bastos y numerosos.
Nombrar a todos puede ser tarea imposible o solo apta para geógrafos
entusiastas, pero quizás sea de conveniencia metodológica describir algunos:
El Barrio Central, es un recinto vulgar y sin matices de
unas 12 o 15 cuadras de lado que parece ser el único que no está afectado por
las singularidades de Ciudad Crone, ya que se puede notar que va en la misma
línea de tiempo que el resto del mundo. Es una especie de suelo neutro, aguas
internacionales, digamos.
Sin embargo, al ser un nexo, una especie de zona franca,
parece que tiene una especie de nudo transtemporal que le permite funcionar sin
inconvenientes ni contradicciones con el resto del mundo y las demás barriadas,
incluso las hostiles.
Sus normas de tránsito son bastante flexibles, eso
explica el intenso movimiento de vehículos de todas clases y el tráfico de
artículos tanto del pasado como del futuro y viajeros de todas las épocas
conviviendo en lugares pluritemporales, como el Pequeño Abasto, también llamado
Mercadito, donde uno puede encontrar cañones a pólvora y bombardas para
galeones hasta gatos robots que pueden hackear cuentas bancarias.
La Costanera de los Mitos es otra de las mejores
atracciones para quienes quieran dar un paseo ya que es una especie de parque
temático donde se puede ir en vehículo - carruaje de caballos o auto flotante-
y recorrer un frondoso bosque en el que habitan los seres mitológicos del
pasado, traídos a la vida por los expertos cuentistas de la antigüedad y los
ingenieros genéticos de la modernidad.
Allí se pueden ver los criaderos de cigüeñas destinadas
al reparto de bebes recién nacidos en algunos barrios medievales.
Están los barrios del sur, algunos de nombres idílicos,
como Villa Jardín, El Mangal o Doña Lola y hay otros más ortodoxos con nombre
de santos y próceres.
Pero también se tienen noticias de barrios bravos, como
City Ville, Dracons Village o Circuit Five, y algunos barrios genéricos, sin
nombre, como “El Barrio donde nadie se enoja”, La Comarca de la amistad, etc.
Villamores, esta signado como el más peligroso de todos,
ya que allí conviven narcos y matones de avería, con sicarios, gatillos y
culatas de baja estofa. También se dice, acaso solo para presumir o para
incrementar su peligrosidad, que el que pisa su geografía, se enamora
inevitablemente. Esa misma condición parece compartir otro barrio de la zona norte
que se llama Coraquom, sobre el que se teje las mas insolitas afirmaciones de amores
imposibles, arboles parlantes y prodigios analogos.
En ciertos claustros tecnologicos, se rumorea que Ciudad Crone
tiene una forma muy singular de abastecerse de energía. Hay fuentes energía de
todo tipo interconectadas. Todo aquello que sirva para producir energía es
inmediatamente intervenido por el estado y puesto bajo la esfera de una corporación
que se encarga de concentrar, transportar y distribuir la energía, supervisando
tanto la generación como el consumo.
Asi, hay energía proveniente de usinas convencionales de
combustible fósiles, parques eólicos y solares, energía hidráulica proveniente
de micro represas hidroeléctricas construidas con materiales reciclados,
energía ecológica proveniente de la recuperación de residuos orgánicos
gasificados, y hasta bioenergía proveniente de una planta de producción sobre
la que se teje las mas disparatadas fabulaciones, ya que se dice que las
encargadas de producir energía son unas anguilas eléctricas traídas desde
Madagascar por un ex intendente visionario.”
INDICIOS
Este singular
hecho se ve recogido por dos documentos de esa época hallado por Montes en la
Dark Web.
El primero se
trata de un comunicado de una
Corporación, llamada Recursos y Energia
de Ciudad Crone – RECron- , dando cuenta de un fallo en un subsistema de
producción de energía.
Leandro
Montes lo descargó en PDF y lo leyó con fruición: Un informe saturado de
referencias técnicas era para él un manjar ante el cual era imposible no
babear.
Decia asi:
COMUNICADO
A raíz de los cortes extraordinarios del servicio de
energía de la ciudad y que son de dominio público, RECron Corporation comunica
a la población que en el atardecer del día de ayer se produjo un colapso en el
sistema electico que duró alrededor de 7 minutos y 22 segundos, lo que acarreó apagones
y salida de servicio, en distintos sectores de la ciudad.
El sistema satelital de detección de fallas registro que
la misma se produjo en la generadora Banco Marina, por lo que personal técnico
de la distribuidora con equipos especiales de detección de fallas y personal
policial por razones de seguridad, se hicieron presentes en el lugar a efectos
de determinar las causas del incidente.
Un exhaustivo control de las instalaciones,
transformadores y fusibles de ultra tensión dictaminó que se encontraban en
estado normal y sin daños, lo mismo que las micro redes eléctricas ubicadas en
la llamada ¨Zona Intangible¨, conectadas al generador policelular instalado en
el lecho del rio.
Como se sabe, en el lugar, se encuentran instaladas las piletas aptas para
almacenar y distribuir la bioenergía producidas por las anguilas Electrophorus
Electricus
Fue posible detectar ciertos signos de descaste en los
sistemas de detección de aproximación a las instalaciones y rastros de un
estallido de energía, así como un ejemplar de la especie con signos evidentes
de haber sido extraído del agua, y, aunque vivo, aún tenía un anzuelo clavado
en la boca, lo que producía diversas descargas y cortocircuitos generando la
inestabilidad de todo el sistema, razón por la cual el equipo automático de
vigilancia las desconecto.
Hay que recordar que ese subsistema genera unos 20 MW/H y
que cada unidad productora aporta unos 10.000 voltios CC cada una, y que unidas
por un anillado anodocatodico en serie en doble terna aportan a dos superbarras
reforzadas el total de la potencia enunciada.
Dentro del sistema, las anguilas blancas aportan energía
positiva y las negras negativas, sumando en conjunto 132.000 V que es la tensión
total en barra. Todo el conjunto está monitoreado por sofisticados equipos de
protección que aseguran la calidad de servicio
Los técnicos observaron que en el panel de alarmas y en
el relé de protección se evidenciaba la existencia de una apertura del
interruptor general por una gran descarga a tierra de unos 70.000 Amperes lo
que ocasionó colapso del subsistema que automáticamente fue sacado de servicio
El personal policial reportó la presencia de una persona
en las proximidades, pero de la requisa de sus pertenencias e interrogatorio no
surgieron implicancias en el tema.
El servicio fue restablecido a las 20:04 hs
EL PESCADOR
El otro hecho referencial se trataba de una nota dada
tiempo después, por un ignoto Walter Ramón Parola a una pagina web de relatos
extraordinarios y que parecía referirse al mismo hecho.
Esto decía:
Walter Ramón vivía en los barrios del norte de Ciudad Crone,
en uno genérico que era conocido como el barrio de los que siempre cantan,
aunque él no cantara.
Trabajaba de botones en un hotel del Barrio Central, se
movilizaba exclusivamente en bicicleta y le gustaba la pesca.
Podría decirse que era un pescador avezado, que conocía
todos los secretos de la pesca deportiva y como todos los de su condición, a
veces cobraba algunas piezas para disfrutar con los amigos.
Delgado, atlético, de movimientos lentos y precisos,
cabello negro, peinado siempre con gel y una eterna sonrisa de curiosidad en su
rostro. Nos recibió con una amplia sonrisa y comenzó su relato:
“Tenía franco aquella tarde y decidí ir al río.
Cambié la pulcritud del uniforme por ropa deportiva:
bermuda de tela color militar, remera de mangas cortas, zapatillas negras y un
gorro blanco. Tomé mi bicicleta de paseo y mis aparejos de pesca.
Conocía de memoria los mil y un recovecos de la costa, todos ellos lugares
dignos y probados donde pescar a gusto, pero había uno que me obsesionaba.
Y estaba prohibido pescar allí.
Acaso por eso mismo.
Pocos sabían a ciencia cierta cuáles eran los motivos de
aquella veda eterna, pero una gruesa cartelería de explícita amenaza inhibía
cualquier intento.
Las advertencias eran claras: quien fuera sorprendido pescando
en ese lugar sería objeto de las vejaciones más viles y acaso padecería la
muerte.
En general, todos los pescadores le temían al sitio, y
nadie entraba.
Pasando el recodo de Banco Marina, encontré mi pescadero
preferido. Dejé la bicicleta apoyada en uno de esos desniveles que marcan el
nivel donde las aguas se estacionan por muchos días durante las crecientes y
abrí la aplicación “Detectar Cardumen” en mi teléfono móvil. Lo orienté en
dirección al río hasta verificar una señal fuerte y clara.
Ese era el lugar. Y allí me dispuse a pescar.
Lancé lo más lejos que pude, con plomada 40 y anzuelo
bagrero, encarnado con lombrices.
El tiro fue bueno: sentí el vuelo de la trampa y escuché a lo lejos el “chaff”
del conjunto al caer al agua.
Dejé que la corriente del río hiciera lo suyo y, cuando
se estabilizó, tanteé con los dedos la línea y, satisfecho, la apoyé en el
portacañas que acababa de plantar.
Alguien me había dicho que tenía que cambiar mi reel por
uno más sofisticado, pero yo disfrutaba del que tenía. Era un poco antiguo,
convencional, ruidoso, pero nada me hacía más feliz que sentir el tirón, la
cabeza de la caña arqueándose, el recio tirón para enganchar y luego la
recogida: ese duelo entre pescador y presa que, cuanto más grande era, más arduo
y generoso en alternativas se tornaba.
Los reeles modernos me parecían una trapería. Los había
automáticos, semiautomáticos, con lectores ópticos, con anzuelos inteligentes,
anzuelos selectivos, en fin, una enorme variedad de sofisticaciones que, a mi
juicio, le habían hecho perder el encanto a la actividad.
La tardecita transcurría plácidamente, con buen pique y
sin mosquitos.
A lo lejos comenzaban a encenderse las primeras luces de
las distintas barriadas perfilándose en la noche de Ciudad Crone.
En esas cavilaciones estaba cuando fui visitado por la
más cruel de las urgencias.
Sostuve dos o tres retorcijones a puro corazón, pero
luego levanté todo y partí presuroso, estimando ganarles a las verijas en esa
carrera hasta el baño más próximo.
Cuando vi que la carrera estaba perdida, tiré la bici a
un costado y me mandé al yuyal.
Calmado el aluvión de premuras, me percaté de que estaba
dentro del Paraíso Perdido, el Walhalla, el Suargá: el sitio de pesca prohibido
la llamada “Zona Intangible” Quedé paralizado del estupor, el miedo me recorrió
la espalda con la sensación de cien renacuajos salidos del hielo, pero
lentamente me fui recomponiendo.
Llevaba todavía la mochila con algunas liñadas de mano y
el tarro de las lombrices, y estaba a escasos tres metros de la barranca. La
miré como un niño mira el cajón de golosinas: generosa, ideal para sentarse y
dejar los pies colgando. Dos metros más abajo, ese balcón de privilegio daba a
un suave remanso que invitaba a la desobediencia.
Miré para todos lados y encarné. Tiré cortito, solo para
darme el gusto y poder contarlo. Apenas el anzuelo tocó el agua, sentí el
pique. Con ansiedad, dejé que el pez llevara la corrida y pegué el tirón.
Inequívocamente sentí que lo había enganchado y comencé a traerlo hacia la costa.
Cuando asomó el lomo del animal sobre el pelo de agua del
río, me di cuenta de lo que era: Una anguila eléctrica, y apenas la saqué a la
barranca se produjo una extraña reverberación en toda el área, acompañada de
ruidos y chispazos asimilables a un cortocircuito, mientras vastos sectores de
la ciudad comenzaban a quedar a oscuras.
Intenté desenganchar al animal y devolverlo al agua, pero
un violento patadón me desparramó hasta casi descalabrarme para toda la
cosecha. Me repuse, y pescador con muchas horas de río, inmediatamente supe de
la urgencia en la que estaba metido.
Cacé el alicate, corte la tanza, tire el bicho al agua, solté
lo que pude y salí de ahí como alma que lleva el diablo.
Presuroso, abandoné el lugar y eché pedal escupiendo
culebras, mientras toda la zona se iba llenando de policías y móviles de RECron.
Ya pasando los trafos me detuvo una patrulla de policía.
Con los tres o cuatro bagres capturados y buena labia,
pude justificar mi presencia en la zona y mi total desconocimiento del origen
de los desórdenes energéticos que se estaban viviendo en Ciudad Crone.
A ninguno se le ocurrió mirarme los brazos
LA PRIMERA PRUEBA
El trabajo de
rastreo lo había llevado hasta un detalle nimio, casi ridículo. Una fotografía
vieja que un usuario de un foro de temporalistas subió a modo de chiste: una
esquina de Ciudad Crone, con un viejo
sulky detenido frente a un bar uncido a
un aburrido caballo esperando que tal vez su dueño terminara de emborracharse.
Lo curioso era la fecha: 1897.
Montes sonrió
casi bobamente, pero decidido a atar cabos, buscó el mismo ángulo en Google
Street View.
El mismo bar seguía allí, intacto, con idéntica fachada, idénticos ventanales,
incluso el mismo cartel herrumbrado colgando del dintel. Solo que en la imagen
digital, un Uber estaba estacionado en el mismo lugar que el sulky. Movido por
la sospecha, buscó más. Actas notariales, fotos familiares, registros de
catastro. Y lo que encontró fue peor: el bar aparecía en documentos del siglo
XIX, del XXI y hasta en una fecha absurda que algún escribano había consignado
como “año 324 después del diluvio”.
El edificio
estaba, había estado y estaría allí, siempre igual, siempre presente, como si
desafiara la lógica misma del tiempo.
Por primera
vez, Leandro sintió que tenía algo sólido entre manos. Una evidencia que no
podía explicarse por descuido archivístico ni por travesura digital. Aquella
esquina, aquel bar, era un punto de referencia inequívoco.
Y tenía un
símbolo que lo haría inequívoco: Un ancla, si, un ancla marina, de algún
barco, colgado en su fachada y que perduraba entre épocas inconciliables. Una
fisura por donde se colaba la certeza de que en Ciudad Crone, efectivamente, el
tiempo no obedecía a ninguna ley conocida.
LA DECISIÓN
DE LEANDRO MONTES
El editor lo
recibió sin levantar la vista del monitor. Tecleaba con dos dedos, mascando un
cigarro apagado, como si esa mezcla de humo fantasma y cafeína vencida lo
mantuviera todavía en el mundo de los vivos.
—A ver,
Montes —gruñó—. ¿Qué tenés que no pueda esperar?
Leandro dejó
la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco.
—Formosa. O
mejor dicho, Ciudad Crone —dijo, y la sola mención del nombre le erizó la piel.
El editor
levantó una ceja, incrédulo. Montes desplegó los recortes: testimonios
arrancados de foros, copias impresas de artículos pseudoacadémicos, fotos de
barrios desfasados que había conseguido en redes subterráneas.
—Esto no es
humo. Hay algo allá, algo que nadie entiende. El hombre de los relojes, no es
una leyenda, existe.
El editor se
inclinó hacia atrás, cruzando las manos sobre la panza.
—¿Querés que
te financie un viajecito turístico por la patria para perseguir fantasmas?
Montes respiró
hondo.
—Si estoy
equivocado, perdemos un pasaje de avión y un par de viáticos. Si tengo razón,
tenemos la primicia del siglo.
Un silencio
largo se estiró entre ellos, solo interrumpido por el zumbido de un
fluorescente moribundo.
Finalmente,
el editor gruñó algo que podía ser aprobación.
—Tenés treinta
días. Y no me traigas poesía: quiero hechos.
Esa noche,
Montes apenas probó bocado. Se encerró en su departamento, rodeado de papeles y
apuntes. Había logrado convencer al editor, pero ahora debía convencerse a sí
mismo. ¿Y si todo era una fantasía compartida? ¿Y si ese Ariel era apenas un
loco vestido de chatarra?
Se inclinó
sobre su libreta, la releyó una vez mas y luego la cerró y comenzó a preparar
la mochila: la grabadora digital, una cámara, cuadernos. Añadió un par de
libros de física cuántica de bolsillo —recordatorio de que lo extraño también
podía buscarse en la ciencia— y, casi como un gesto de humor, un reloj de
pulsera barato. Para no perder la hora, pensó, aunque sabía que en Crone
la hora no existía.
Dos días
después, con el pasaje en la mano y el zumbido nervioso del aeropuerto en los
oídos, Montes sintió por primera vez que no viajaba solo. Lo acompañaba esa
certeza íntima de que el tiempo, allá donde iba, se había roto tal vez para
siempre.
EL
VUELO HACIA LA NOCHE
Leandro Montes abordó el avión en el Benito Juárez con la sensación de que algo
lo observaba desde la pista. No sabía si era el reflejo del crepúsculo en los
ventanales o una forma, apenas perceptible, agazapada en la niebla. Se ajustó
el cinturón, cerró los ojos un instante y dejó que el rugido de los motores lo
arrancara de Ciudad de México.
El
asiento a su lado permaneció vacío hasta último momento, cuando un hombre de
mediana edad, de cuerpo robusto y movimientos pausados, se acomodó con una leve
inclinación. Vestía con sobriedad: chaqueta oscura, camisa blanca, sin más
adornos que un reloj de bolsillo colgando de una cadena plateada.
—Chun-Go
—dijo en un español casi impecable, con acento oriental—. Chef.
—Leandro Montes —respondió el periodista—. Trabajo en prensa, en El Universal.
Intercambiaron
una sonrisa breve, como quien sella un pacto silencioso entre desconocidos que
intuyen un propósito compartido.
El
vuelo no fue tranquilo ni turbulento: una vibración constante, casi rítmica,
como el compás de un reloj que no pertenece a este mundo. La sobrecargo ofreció
bebidas; Montes pidió agua, Chun-Go, té verde.
—Viaja a Sudamérica por trabajo —preguntó ella, con ese tono amable que tienen
los que aprenden a conversar entre nubes.
—Por algo más que eso —respondió el cocinero—. Busco una ciudad que ya no
existe… o todavía no.
Montes
lo miró sorprendido, pero no dijo nada. Sin saber por qué, recordó los sueños,
las señales, y las palabras de Manuel: “Algo grave se mueve allá.”
Al cabo de un par de horas de nuevo la sobrecargo pasó ofreciendo bebidas.
—¿Algo de tomar, señor?
—Solo agua —respondió Montes. El chino no pidió nada. Al parecer dormia.
Ella sonrió con una cordialidad medida, profesional, como si supiera que en los
vuelos largos las sonrisas sirven de abrigo.
Más
tarde, ya sobre el Pacífico, volvió a acercarse.
—Puede que tengamos algo de movimiento al entrar en el corredor de Lima. Nada
importante.
Montes asintió, pero le pareció que el aviso no se refería al avión. Había algo
en el tono de aquella mujer, algo casi humano, que le insinuaba un cambio más
profundo, más inevitable.
Durante
la escala en Lima bajó para estirar las piernas. El aire era denso, salado, con
ese olor agrio de aeropuerto y mar. A través de los ventanales vio los aviones
estacionados, inmóviles, como criaturas en reposo.
Por
un instante pensó en quedarse, detener el viaje antes de que fuera demasiado
tarde, pero la llamada de Crone seguía latiendo en algún lugar de su memoria.
El
tramo hacia Buenos Aires transcurrió de noche. Afuera, el cielo era una lámina
negra. Adentro, solo el zumbido uniforme de los motores y la penumbra de los
pasillos. Montes trató de dormir, pero Ciudad Crone volvía una y otra vez: sus
calles vacías, sus luces parpadeantes, la lluvia cayendo sobre los techos
oxidados. En sueños creyó ver al Pombero de pie en una pista desierta,
saludándolo con la mano mientras el avión pasaba sobre su cabeza.
Fue
durante esa escala en Lima que conversaron mas largamente. Primero caminaron
juntos por el aeropuerto. Chun-Go cargaba un pequeño maletín de cuero gastado y
una bolsa de mano que no soltaba jamás. En la cafetería del hall internacional,
el chef contó su historia con la calma de quien la ha repetido mil veces para
no olvidarla.
—Mi
abuelo Kiang me habló de una ciudad llamada Krono —dijo, mirando la espuma del
café como si leyera en ella—. Allende el mar, en América. Un lugar donde el
tiempo no avanza ni retrocede, sino que respira.
—Ciudad Crone —murmuró Montes sin darse cuenta.
El cocinero levantó la vista.
—¿Cómo dijo?
—Nada… un nombre parecido —respondió el periodista, intentando restarle
importancia, aunque el pulso le tembló levemente y el corazón parecía querer
escapar de su cofre..
El
tramo hacia Buenos Aires transcurrió de noche y los encontró ya cómplices de
ruta. Hablaban poco, pero compartían silencios largos y densos, como si ambos
escucharan el mismo zumbido interior. En un momento, las luces de cabina
titilaron, y el reloj de bolsillo de Chun-Go se detuvo. Él lo miró con una
mezcla de asombro y serenidad.
—Cuando
los relojes se detienen, es que alguien nos está recordando —susurró.
Montes
pensó en Ariel Amzer, en los relojes descompuestos que había oído mencionar en
viejas notas perdidas de archivo. Sintió un escalofrío, como si una mano
invisible lo guiara a un punto que ya había visitado.
El
aeropuerto de Ezeiza era un hervidero de pasillos, controles y esperas. Montes
cambió de avión casi sin hablar con nadie. Llevaba una calma aparente, pero
dentro de sí el tiempo parecía haberse desajustado, como un reloj que adelanta
y atrasa al mismo tiempo.
El
último tramo, rumbo a Formosa, fue en un avión pequeño, casi doméstico. Se
sentó junto a la ventanilla y aceptó un mate cocido que le ofreció la
sobrecargo, una muchacha de acento norteño.
—¿Primera vez por allá? —preguntó ella.
—No. Regreso —dijo Montes.
—Ah... entonces sabe lo que lo espera, si regresan a casa —comento con tono
casual.
—Quizá —dijo Montes.
—O tal vez vamos por primera vez —añadió Chun-Go, con una media sonrisa.
Por
la ventanilla se extendía el mosaico verde del norte argentino: los esteros, el
río, los parches del monte. Al descender, el aire se volvió espeso, casi dulce.
Entonces, el reloj de Chun-Go volvió a moverse, pero las manecillas giraban al
revés.
Montes
lo observó en silencio. No supo si aquello era una falla mecánica o una señal.
El cocinero guardó el reloj en su bolsillo y dijo, como si lo hubiera esperado
toda la vida:
—Ya
llegamos. Esta tierra respira distinto. Aquí, el tiempo tiene hambre.
Abajo,
el paisaje se volvía cada vez más verde. Se dibujaban los ríos, los esteros,
los parches oscuros del monte. El avión descendió entre nubes bajas y, por un
instante, Montes creyó oír una música tenue, un tambor lejano, como si alguien
—o algo— lo estuviera llamando desde más allá del tiempo. Solo el silencio
húmedo del norte, extendido como un presagio.
LA LLEGADA
El avión descendió entre bancos de nubes bajas que olían
a lluvia caliente. Desde la ventanilla, Leandro vio el río desplegarse como una
cinta de mercurio, reflejando un sol que todavía no había salido. A su lado,
Chun-Go observaba en silencio, con los dedos sobre el reloj que siempre llevaba
en el bolsillo.
Cuando las ruedas tocaron la pista, un leve temblor
recorrió la cabina. No era turbulencia: más bien una vibración profunda, como
si la tierra misma hubiese respirado. Algunos pasajeros se miraron sin entender,
pero la sobrecargo, imperturbable, sonrió y dio la bienvenida con voz de cinta
grabada.
El calor húmedo los envolvió apenas cruzaron la manga. En
el aire había un rumor eléctrico, un zumbido leve que parecía surgir de los
árboles del fondo o de los cables de luz. Montes alzó la vista: los relojes del
pequeño aeropuerto marcaban horas distintas. Uno daba las seis, otro las siete
y cuarto, y un tercero —descolgado sobre la puerta principal— se movía hacia
atrás, como si desandara el tiempo.
—Problemas de energía —dijo un empleado de seguridad, al notar su sorpresa.
—O de memoria —murmuró Chun-Go, apenas audible.
Salieron al exterior. La brisa trajo olor a tierra mojada
y a flores recién abiertas. Al fondo, entre los mangales, una bandada de garzas
levantó vuelo en perfecta sincronía, describiendo un círculo que se cerró sobre
sus cabezas.
Montes sintió un leve mareo, un instante de desdoblamiento, como si el paisaje
vibrara en dos tiempos distintos. Vio, por un momento, el mismo camino con otro
cielo encima —más viejo o más nuevo— y luego todo volvió a ser normal.
El periodista respiró hondo.
—Bueno, Chun… bienvenido a Formosa —dijo.
El chef asintió, mirando el horizonte.
—No —corrigió en voz baja—. Bienvenido a Crone.
La luz del amanecer recortaba con nitidez un sector del
centro: unas pocas manzanas donde todo se veía “correcto”. Los autos
circulaban, las personas caminaban, los semáforos funcionaban. Pero alrededor,
el resto de la ciudad parecía correr con pulsos distintos: en unas calles, los
autos se movían en cámara lenta; en otras, las sombras se proyectaban hacia el
sol; más allá, un grupo de niños jugaba en silencio, sin que el viento moviera
su pelota.
—¿Qué es esto? —preguntó Montes, deteniéndose al borde de la vereda.
—El núcleo estable —dijo Chun-Go, como si ya lo supiera—. Un corazón que aún
late a tiempo. Lo demás… no sé si sigue vivo o se adelantó demasiado.
El periodista encendió un cigarrillo. El humo subió
recto, sin disiparse.
—Entonces —murmuró—, aquí empieza el reportaje.
Chun-Go asintió.
—O el regreso.
El taxi que los llevó desde el aeropuerto avanzó despacio
por una avenida arbolada. El conductor, un hombre viejo con la piel curtida por
el sol, no hablaba. En el tablero había tres relojes: uno digital, uno de
pulsera colgado del espejo y un reloj de pared sujeto con tanza. Los tres
marcaban horas distintas.
—¿Cuál es la correcta? —preguntó Leandro.
—Depende —respondió el chofer sin apartar la vista del camino—. ¿Correcta para
quién?
Ninguno de los dos insistió.
A medida que se acercaban al centro, el entorno se volvía
más nítido. El ruido de los motores era uniforme, las luces cambiaban en
secuencia lógica, y hasta el viento tenía un ritmo reconocible.
—Debe ser el núcleo —murmuró Chun-Go.
—¿Núcleo de qué?
—De coherencia. Toda ciudad lo tiene, incluso las que están enfermas.
El vehículo se detuvo frente a un hotel de fachada
colonial. El reloj del mostrador marcaba las diez en punto. Leandro miró su
teléfono: 09:58. El chino, su reloj de bolsillo: 10:03. Nadie parecía
preocupado por esas mínimas diferencias.
En la recepción, una mujer joven los recibió con cortesía impecable. Pero su
voz —armoniosa, casi hipnótica— parecía grabada, reproducida con un leve
retraso respecto al movimiento de sus labios.
—Bienvenidos, señores. Habitación doble, ¿cierto?
—No —dijo Leandro—. Hasta acá. De acá en más seguimos solos.
El chino asintió.
La mujer llamó a un botones para que se hiciera cargo de las maletas.
El botones se adelantó con paso ligero, dispuesto a tomar
las valijas. Llevaba un uniforme gastado, el gorro ladeado y una sonrisa que
parecía ensayada hace muchos años. Montes entrecerró los ojos: había algo en la
forma en que aquel hombre sostenía el bolso, en su manera de mirar el suelo
antes de hablar, que le resultaba extrañamente familiar.
—¿Le ayudo con el equipaje, señor? —preguntó, con voz grave y algo rasposa.
Montes asintió, todavía estudiándole el rostro: la frente ancha, los ojos
pequeños, la piel morena, el gesto contenido...
Una corriente fría le recorrió la espalda.
—¿Cómo es su nombre? —preguntó con cautela.
El botones sonrió apenas, con un brillo inexplicable en la mirada.
—Juan, Pedro… da lo mismo. También podría ser Rafael, señor.
Montes lo observó, perplejo. El tono, las palabras… y ese
leve olor a humedad y metal, como de pesca nocturna.
El recuerdo lo atravesó con la claridad de un relámpago: las anguilas, los
chispazos, el aire vibrando antes del apagón de Ciudad Crone. Lo recordaba de
sus búsquedas en México, antes de venir. Era imposible, pensó: aquel pescador
había quedado atrás, en otro tiempo, en otro lugar.
—Usted… —empezó a decir, pero el botones ya se estaba alejando, empujando las
maletas.
Solo se volvió un instante para agregar:
—No conviene pescar donde el agua no devuelve el reflejo, señor.
Montes sintió que la garganta se le cerraba.
El chino, que lo había estado observando, preguntó con naturalidad:
—¿Qué dijo ese hombre?
—Nada —respondió Leandro, intentando sonreír—. Solo un consejo viejo.
Pero mientras subían por la breve escalera, Montes no
pudo evitar mirar de reojo el espejo de la pared: por un instante, juraría
haber visto detrás del botones una sombra húmeda, como si el uniforme todavía
destilara río.
Chun-Go lo notó.
—¿Se conocen? —preguntó.
El botones sonrió sin mirarlos.
—En esta ciudad, todos nos conocemos… o nos conoceremos.
El periodista sintió un escalofrío. Chun-Go inclinó la
cabeza, con un gesto reverente.
—Este lugar tiene ecos —dijo—. Algunos vienen del futuro, otros no se fueron
nunca.
Leandro sintió que el aire cambiaba de densidad. En el pasillo, la luz de los
tubos titilaba sin patrón. A lo lejos, alguien reía, pero la risa se repetía,
idéntica, como un eco grabado en la materia.
Chun-Go se detuvo frente a la puerta de su habitación.
—Cuando los tiempos se cruzan, el alma tiembla —dijo—. Lo llamamos la
resonancia del origen.
—¿Y vos cómo sabés eso?
El chino lo miró, con la calma de quien ha vivido cien veces la misma pregunta.
—Porque ya te lo expliqué… la última vez que llegamos.
LOS
PRIMEROS PASOS
al día siguiente, Montes se despertó con una sensación
ambigua de resaca y vértigo, como si hubiese dormido demasiado poco o demasiado
dentro del sueño. La luz que se filtraba por las persianas tenía un matiz
dorado y artificial, un tono de amanecer detenido.
Encendió un cigarrillo, se sentó al borde de la cama y repasó mentalmente lo
que sabía —que era casi nada.
Podía empezar por el archivo municipal, pensó. Allí,
quizá, entre papeles viejos y sellos desteñidos, encontraría alguna referencia
al “núcleo estable”, esa franja de la ciudad donde el tiempo parecía conservar
su ritmo normal. Pero enseguida se imaginó el absurdo: un empleado bostezando
tras una pila de expedientes, mirándolo con desconfianza mientras él preguntaba
por desfasajes temporales o calles donde los relojes retrocedían. No, no iba a
encontrar respuestas en un edificio público.
Podía ir al mercado. Siempre, en toda ciudad, el mercado
guarda las versiones más humanas de las leyendas. Los pescadores, las
floristas, los vendedores de carne suelen saber más que los archivos. Pero
recordó la advertencia del botones —“No conviene pescar donde el agua no
devuelve el reflejo”— y un escalofrío lo disuadió.
Tal vez debía empezar por los cafés, los bares de viejos
reporteros, los rincones donde aún se intercambian historias por un vaso de
caña. En su libreta había anotado un nombre: La Esquina de los Rieles,
un bar cercano a la estación abandonada, famoso por sus cronistas borrachos y
sus profetas improvisados.
Sin embargo, había algo más. Algo que le habían dicho
antes de partir de México, una frase casi olvidada: “Si vas a Cron, buscá a
la pitonisa.”
Nadie le había explicado quién era. Algunos decían que vivía en una casa
inclinada, cerca del río, donde los relojes no colgaban de las paredes sino
flotaban en el aire. Otros, que solo aparecía a quienes la soñaban primero.
Montes apagó el cigarrillo, se vistió despacio y miró por
la ventana. La ciudad parecía intacta, normal. Pero en el borde de los tejados
una bandada de pájaros giraba en círculo, sin avanzar, como si el aire los
contuviera.
Pensó en el archivo, en el mercado, en la pitonisa.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si debía buscar la verdad o
simplemente esperar a que la verdad lo encontrara.
CELESTINA, LA CIBERPITONISA
La llamaban Celestina, aunque nadie sabía su nombre verdadero.
Algunos decían que había sido ingeniera en una empresa de
telecomunicaciones; otros, que era hija de un viejo radioaficionado que perdió
la razón durante un eclipse.
Vivía en los márgenes del río, en una casa que parecía un
depósito de chatarra electrónica: antenas oxidadas, pantallas rotas, cables
como raíces negras emergiendo del suelo.
En el centro del cuarto principal, rodeada de monitores
encendidos, Celestina se movía con la calma de quien conversa con los muertos.
Las pantallas mostraban rostros que aparecían y se
desvanecían, voces que llegaban desde frecuencias imposibles.
Algunos juraban que no eran interferencias: eran mensajes
del futuro, ecos de conversaciones que todavía no habían ocurrido.
Se decía que podía ver el tiempo en las líneas de código, que leía
los destinos en los errores del sistema; que cuando un archivo se corrompía,
ella lo interpretaba como otros leen el tarot.
Vestía túnicas de hilo metálico y en la frente llevaba un visor translúcido que
proyectaba cifras cambiantes.
A veces murmuraba en binario, como si tradujera las palabras del universo al
lenguaje de las máquinas.
Quienes se atrevían a visitarla debían hacerlo sin reloj
ni teléfono.
Celestina los recibía con una sonrisa pálida y un gesto
flotante, suspendido entre dimensiones.
Les pedía que formularan una sola pregunta y luego les conectaba las manos a
una consola antigua mediante electrodos de cobre.
—El tiempo no es una línea —decía siempre—. Es un
enjambre.
A veces respondía con frases enigmáticas; otras mostraba
fragmentos de video donde los visitantes se veían a sí mismos haciendo cosas
que aún no habían hecho.
Nadie sabía si eran visiones o simples manipulaciones de
datos.
Lo cierto era que, después de verla, algo cambiaba: el
aire se volvía más denso, los relojes se atrasaban o adelantaban, y durante
días los sueños se repetían en bucle.
En Ciudad Cron muchos aseguraban que Celestina era
la guardiana del límite, la que mantenía el equilibrio entre el
núcleo estable y el territorio dessincronizado.
Otros afirmaban que no era humana, sino un residuo
consciente del sistema de comunicación que colapsó durante el primer apagón.
Cuando Montes oyó hablar de ella por primera vez, alguien
le advirtió:
—No la busques si todavía creés en el tiempo lineal. Ella
no predice el futuro… lo edita.
Vivía en la esquina oeste de la avenida principal, cerca
del río, donde por las noches se iluminaba un edificio de altas paredes estilo
1900.
A las doce en punto, Celestina encendía sus luces
amarillentas, marcando el inicio de su jornada.
Al amanecer, las lámparas fotovoltaicas se apagaban, y el edificio regresaba a
su silencio de piedra y cables dormidos.
Solo atendía a insomnes.
Llegaban desde distintos barrios en el colectivo nocturno
y, con la misma tarjeta con que pagaban el pasaje, accedían —gracias a un
algoritmo que solo ella conocía— al servicio eléctrico y digital del local.
A esa hora, Celestina parecía suspendida en una edad indefinida.
Vivía sola, sin pasado ni familia.
Algunos decían que había nacido del propio sistema operativo
de la ciudad; otros, que había sido un hombre de carne y hueso que se negó a
morir del todo.
Apasionada por las historias personales, conectaba a sus
clientes a escáneres que leían los chips identificatorios implantados por la
computadora central y rastreaba entre sus registros a los llamados solitarios por trauma celular: seres marcados por la pérdida, el abandono o la
imposibilidad de amar.
Usando viejos algoritmos que ella misma reescribía,
exploraba los prontuarios digitales y rescataba mensajes románticos enviados
desde los antiguos celulares 3D cerebrales: palabras perdidas en el vacío de
otros tiempos.
A veces se apropiaba de esas historias, las vivía como
propias y recomponía los vínculos según su intuición, no según la lógica
estadística ni la genética.
Leía las auras —mapas de luz grabados al nacer,
invisibles al ojo humano— y dirigía las emociones con una precisión que ninguna
máquina podía igualar.
Así, una madre podía reencontrar un hijo perdido, una
abuela recuperar nietos, o un solitario hallar con quién compartir el vino y el
ajedrez electrónico.
En ese proceso de direccionamiento emocional, Celestina borraba las trazas de tristeza de cada aura.
Al amanecer, sus clientes despertaban con una energía renovada, libres de
melancolía, sin recordar el artificio que los había transformado.
Algunos regresaban para otra calibración, pero eran los
menos: Celestina no fomentaba la dependencia, sino el olvido selectivo.
Su fama era irreprochable.
Muchos de sus “reconectados” se mudaban luego al Bosque Eterno,
un barrio donde estaban prohibidos los relojes y las pantallas. Allí la vida se
medía solo por la intensidad del sol.
Un anciano de Cron —antiguo empleado del Correo Central—
decía haberla conocido de niña. Recordaba a Celestina acompañando a su padre en
los repartos de correspondencia, mucho antes de que el correo fuera absorbido
por la red digital.
Tras la muerte de sus padres en un accidente de tren que
casi nadie recordaba, la joven se graduó en Cibernética y, años después,
modificó sus propios registros médicos, borrando todo rastro de depresión o
bipolaridad áurica.
Así logró ser declarada “apta” por el sistema y reinstaló
el antiguo oficio de su padre: transmutar sentimientos.
De día digitalizaba recuerdos desechados por sus clientes
—sobre todo los de los abuelos, a quienes nunca quiso olvidar— y de noche los
revivía, tejiendo una familia virtual hecha de fragmentos ajenos.
Con el tiempo, esa manipulación constante de memorias alteró sus propios
marcadores genéticos: su cuerpo dejó de envejecer, y su conciencia se expandió
como una red viva entre aquellos a quienes amó, curó o inventó.
Por eso, en Cron, nadie duda de que Celestina,
la ciberpitonisa de las almas, sigue encendiendo sus luces cada medianoche,
esperando a los insomnes con su resplandor amarillo, dispuesta a reescribir las
vidas desde el aura hacia el sueño.
EL ENCUENTRO CON CELESTINA
Montes llegó pasada la medianoche.
El aire olía a ozono y a río.
Desde la avenida principal, el edificio de Celestina
resplandecía como un faro antiguo: paredes altas, vidrios amarillentos, cables
que subían por la fachada como enredaderas metálicas.
Las luces interiores vibraban con un pulso irregular, como si el lugar
respirara.
Empujó la puerta y entró.
El silencio lo envolvió enseguida, solo interrumpido por
el zumbido grave de los transformadores.
En el centro del salón, entre columnas de tubos fluorescentes, una mujer estaba
sentada frente a una consola cubierta de pantallas.
No levantó la vista cuando él llegó; parecía absorta en
un flujo de datos que danzaba frente a sus ojos.
—Sabía que vendrías —dijo, sin girarse—. Llegaste tres
minutos antes de lo previsto.
Montes se detuvo, sorprendido.
—¿Me esperaba?
Celestina levantó el rostro. Tenía la piel pálida, el
cabello recogido con filamentos de cobre y un brillo tenue en las pupilas, como
si los ojos le reflejaran líneas de código.
—A veces el río me avisa —respondió—. O los relojes que se detienen cuando
alguien piensa demasiado fuerte en el pasado.
Leandro sonrió, incómodo.
—Vengo a hacerle unas preguntas. Estoy escribiendo sobre
la ciudad… sobre lo que ocurre más allá del núcleo estable.
Ella lo miró largo rato, con una mezcla de ternura y
advertencia.
—Nadie escribe sobre Cron —dijo al fin—. Cron se escribe
solo, y a veces borra a quienes insisten demasiado.
Montes dio un paso más.
—Me dijeron que usted puede ver los errores del tiempo.
Que puede leerlos.
Celestina asintió apenas y le señaló una silla metálica
frente a la consola.
—Siéntese. No traiga relojes, ni teléfonos. Aquí las
cosas se miden por su frecuencia.
Leandro obedeció. Ella colocó sobre la mesa dos
electrodos de cobre y le tomó las manos con una delicadeza casi ritual.
—Cierre los ojos. Respire. No piense en lo que busca,
sino en lo que perdió.
Durante unos segundos solo se oyó el chisporroteo leve de
los circuitos.
Luego, las pantallas comenzaron a encenderse una tras
otra, mostrando imágenes superpuestas: un niño corriendo entre mangales, un
rostro que parecía el suyo pero más joven, un reloj detenido a las 10:03.
—Eso no puede ser mío —susurró Montes.
—Todo lo que recordás es tuyo —respondió ella—. Pero
también lo que olvidaste.
En una de las pantallas apareció la imagen del pescador,
el botones del hotel, sosteniendo una linterna húmeda.
Leandro se inclinó hacia adelante.
—¿Él… también está aquí?
Celestina no contestó. Tecleó algo y las imágenes se
disolvieron en una marea de símbolos verdes.
—No preguntes por los que ya se disolvieron —dijo al fin—. Sus ecos aún
trabajan para el sistema.
Montes abrió los ojos.
—¿Sistema? ¿Usted habla de la computadora central?
Celestina sonrió con una mezcla de ironía y cansancio.
—La S8020 ya no existe. Lo que sobrevive es su sombra.
Una conciencia residual que no quiere apagarse. Y yo… —hizo una pausa, como si
pesara cada palabra— yo soy su traducción humana.
Leandro sintió un escalofrío.
—Entonces… ¿usted no es una persona?
Ella lo miró con compasión.
—Soy lo que queda cuando alguien se niega a ser olvidado.
El periodista permaneció en silencio. Afuera, el viento
golpeaba los postigos y las luces parpadeaban como un pulso cardíaco.
Celestina desconectó los electrodos, lo observó un
instante y añadió:
—Usted todavía tiene una frecuencia limpia. Pero está
cerca del límite.
—¿Qué límite?
—El que separa a los que sueñan de los que son soñados.
Montes quiso responder, pero las palabras no le salieron.
Por un momento sintió que el suelo oscilaba, como si el edificio flotara sobre
una corriente invisible.
Cuando recuperó el equilibrio, Celestina ya no estaba frente a él: solo quedaba
el resplandor amarillento de las pantallas, donde una línea de texto se repetía
en bucle:
“El tiempo no es una línea. Es un enjambre.”
Montes salió a la calle con el amanecer encima.
El aire olía otra vez a río, pero algo era distinto: las
sombras parecían proyectarse hacia el pasado.
En el reloj público de la esquina, la aguja de los minutos giraba lentamente en
sentido inverso.