miércoles, 22 de octubre de 2025

Ciudad Crone.

 

ARIEL

Ariel Amzer era un extraño personaje.

No se sabía muy bien de dónde vino ni adónde iba —si acaso iba a alguna parte—. Solía caminar por las plazas y los bulevares de la ciudad con la parsimonia de quien no tiene apuro porque siente que posee todo el tiempo del mundo. Tal vez fuera así. Había un dejo de inmortalidad y de eternidad en sus ojos cansados y antiguos.

Era flaco, alto, casi descarnado, con una ligera curvatura en la espalda. Su rostro, de contornos rígidos y bien definidos, parecía cincelado en metal. Ni la barba irregular ni el cabello hirsuto y rebelde —corto, despeinado, como domado por el viento o por un desaliño estudiado— lograban suavizar la dureza de sus facciones.

No tenía un oficio conocido, al menos no uno reconocible dentro de las profesiones modernas. Podría decirse que era un desocupado, con los alcances que tiene ese término en tiempos posmodernos. Se lo podía encontrar a cualquier hora, en cualquier sitio, como si el reloj del mundo no rigiera sobre él.

Poca gente en la ciudad podía presumir de haber intercambiado algunas palabras con Ariel. El silencio era uno de los atributos de su extraña personalidad. Quienes lo habían hecho comentaban el timbre inusual de su voz, acompañada por un eco suave, como el tintinear lejano de campanillas. Aseguraban que su conversación era perfectamente lógica y razonable, pero resultaba casi imposible sostener un diálogo con él: respondía con monosílabos, nunca preguntaba nada. Era como si ya supiera todo lo que había ocurrido, lo que estaba ocurriendo y lo que iba a ocurrir. Había quienes aseguraban que Ariel conocía el secreto de todos los tiempos.

Curiosamente, su apellido, Amzer, significaba “tiempo” en bretón, una lengua antigua de origen celta que aún sobrevive en los confines de la Bretaña francesa. Pocos lo sabían, y menos aún comprendían la coincidencia —si acaso lo era— entre su nombre y su naturaleza. Parecía como si el propio destino hubiera elegido ese vocablo ancestral para nombrar a quien llevaba, sobre los hombros y en el alma, el peso de todos los relojes del mundo.

Nadie, absolutamente nadie, sabía dónde vivía, dónde descansaba, dónde dormía —ni siquiera si dormía—, qué comía, o si comía. Era un completo misterio.

Vestía una extraña armadura hecha de relojes: relojes de todo tipo y modelo, cada uno marcando el tiempo a su manera, sincronizados, acompasados, al ritmo aburrido de una ciudad aburrida, en un costado aburrido del mundo.

Ariel Amzer era un loco inofensivo, de esos que las ciudades pequeñas toleran como parte del decorado. Nadie recordaba su oficio ni su familia, pero todos lo conocían: caminaba las calles de Formosa con una armadura. Nadie sabía cuándo había empezado a vestir aquel ropaje Algunos juraban que de joven fue relojero, otros decían que había trabajado en el correo. Lo cierto es que se había vuelto parte del paisaje. Caminaba lento, arrastrando los pies, con esas decenas de relojes atados al cuerpo. No era peligroso ni agresivo; apenas murmuraba frases sueltas sobre minutos que se desacomodaban o segundos que se escapaban como agua entre los dedos o repitiendo que el tiempo no estaba bien, que los relojes andaban torcidos, que había que vigilarlos.

Los niños lo seguían riéndose, los adultos lo esquivaban con fastidio, y los ancianos lo miraban con un respeto supersticioso. En el fondo, todos sabían que Ariel representaba algo que no se animaban a nombrar: la fragilidad del tiempo en un lugar donde nunca parecía ocurrir nada.

Fue en ese estado, la rutina quebrada solo por la presencia de un loco con relojes, que el cielo o acaso el infierno decidió intervenir

 

 

LA DESINCRONIZACION

Una tarde de verano, el aire se volvió espeso como melaza. La siesta estaba en calma, hasta que el cielo empezó a rugir con un viento caliente que nadie supo de dónde venía. Ariel, erguido en la esquina de la plaza, levantó los brazos como si esperara algo.

“¡Ahora sí!”, gritó. Y el rayo lo encontró de lleno, una lanza blanca que le partió la cabeza y lo arrojó contra el cordón de la calle.

El silencio que siguió, duró apenas un segundo.

Después, lo imposible.

 
Los relojes de su armadura latían desacompasados: algunos marcaban el amanecer, otros el crepúsculo, y uno, pequeño y oxidado, repetía eternamente la medianoche.

El sonido de cientos de tic-tacs superpuestos formaba una música imposible, una sinfonía que ni siquiera él parecía comprender.

Ariel se detuvo junto a una fuente seca. Observó el reloj de la capilla cercana, cuya manecilla de los minutos giraba en sentido contrario al de las horas. Luego alzó la vista hacia el cielo: había un sol pálido y una luna reciente, compartiendo el mismo espacio.

Sabía que algo estaba desajustado en el tejido del tiempo, y que ese desorden —aún imperceptible para los demás— se filtraría tarde o temprano en el mundo de los vivos.

Un viento tibio recorrió los bulevares, moviendo el polvo y las hojas secas como si intentara borrar las huellas de su paso. Fue entonces cuando Ariel Amzer comprendió que el equilibrio se había roto.
Y que el eco de ese quiebre llegaría, inevitablemente, hasta la Ciudad

 

FORMOSA

La ciudad de Formosa —o Fermosa, como algunos papeles amarillentos de la administración municipal aún se atrevían a llamarla— parecía sostenerse con el pulso lento de treinta mil almas. Sus calles se estiraban entre polvo y barro, flanqueadas por casas bajas de techos de chapa, como si quisieran abrazar a quienes en ellas vivían. El río, único horizonte verdadero, reflejaba el cielo y los pocos barcos que lo atravesaban, guardando secretos que nadie preguntaba y recuerdos que nadie reclamaba. En Fermosa nunca pasaba nada. Era una ciudad prolija en su tedio: las calles rectas, el calor húmedo, los bares con televisores que repetían siempre los mismos partidos viejos. Una ciudad tan común que hasta sus habitantes olvidaban mencionarla cuando viajaban.

A las seis de la tarde, los comercios cerraban sus puertas, y el aire quedaba impregnado del aroma del pan recién horneado, del mate amargo compartido en las esquinas y del eco repetido de los pregoneros en el mercado. Las familias se encontraban en las plazas, los niños trepaban a los juegos herrumbrados, y los perros vagabundos aprendían los nombres de quienes los acariciaban por un instante. A las ocho, los faroles encendían su luz débil, dibujando sombras largas sobre las veredas y alumbrando silencios que solo los grillos sabían llenar.

Formosa no tenía misterios aparentes, pero guardaba la memoria de cada paso dado sobre sus calles, del río que observaba sin prisa y de las rutinas que parecían eternas. La ciudad respiraba al compás de quienes la habitaban, conservando en cada esquina, en cada puente y en cada costanera, la insistente sensación de que, aunque el mundo cambiara, ella permanecería igual, siempre idéntica a sí misma, como un recuerdo que se niega a desvanecerse.

Y, sin embargo, había un detalle que rompía la monotonía: Ariel.



LA FRACTURA

La desgracia llegó con un fenómeno que aún hoy divide las versiones: un relámpago atmosférico que cayó sobre él en pleno boulevard. Fue tan brillante que, por un instante, el cielo entero pareció romperse.

Los ancianos lo recuerdan como la Fractura del Tiempo.

Es el momento en que todos los relojes de la armadura de Ariel Amzer se descuajeringaron y desde entonces, Ariel ya no fue el mismo: algunos lo vieron desvariar, otros aseguran que simplemente se multiplicó, como si habitara varios instantes a la vez.

Lo cierto es que aquella energía no se detuvo en él. La ciudad entera quedó contaminada por la asincronía: barrios que despertaron en el siglo XV, otros que corrían hacia el XXII; calles donde el tiempo se detenía por completo, y nadie nacía ni moría; rincones donde el tiempo retrocedía o se precipitaba con vértigo. Desde esa noche, la vieja aldea perdió su nombre y comenzó a ser llamada Ciudad Crone, un lugar donde cada distrito obedece a un reloj distinto y donde el mundo exterior solo puede entrar por portales inciertos.

Y en el centro de todas las leyendas, siempre está Ariel Amzer que ya no tenía una simple armadura de relojes sino una maravilla en la que había relojes que daban la hora exacta local, otros que marcaban la de las grandes ciudades del mundo —aunque nadie sabía cuál era cuál—. Había relojes centesimales, cuyos minutos eran cien en lugar de sesenta; y otros en los que los segundos eran años, donde cada giro del segundero equivalía a un ciclo solar. Algunos, en cambio, giraban con una velocidad escalofriante, haciendo pasar siglos en un parpadeo.

En las calles, las paredes cambiaban de color, de forma, de siglo. El tiempo se descuajeringó como los relojes de Ariel, y nadie volvió a saber si era ayer, hoy o mañana.

La ciudad dejó de llamarse Fermosa. Algunos la bautizaron Ciudad Crone, como un mal chiste. Otros, con miedo, dejaron de nombrarla.

Y en medio del caos apareció Avavé, el barrio vacío, donde fueron a parar los expulsados por la discordia temporal: duendes, mitos, criaturas atemporales que parecían haber estado siempre y no dependieran del tiempo, fueron a parar allí, aunque nadie los había visto jamás.

Desde entonces, Ariel Amzer camina entre los hombres con los tiempos rotos sobre el cuerpo, como si su destino fuera custodiar el caos de las horas perdidas., el hombre de los relojes, caminando todavía, como si nada de aquello lo hubiera tocado, como si él mismo fuera el guardián —o el culpable— de la herida en el tiempo.

 

 

AVAVE

Luego del desbarajuste producido por ese cataclismo que convirtió la vida normal de la ciudad, donde la gente disfrutaba la siesta bajo las mansas plantas de mango, en algo inentendible, lleno de gente inentendible, quedaron relegados los personajes de siempre: los habitantes habituales del mito.
Cada barrio, que antes formaba parte de una ciudad tranquila y homogénea, se había vuelto un mundo cerrado en sí mismo. Los tiempos históricos, el desarrollo del conocimiento, los usos horarios, las lenguas y las costumbres se habían desfasado entre sí.

En medio de esa confusión, un sector quedó definitivamente excluido: el mundo de las creencias.

Allí fueron a parar los duendes, los mitos y personajes que por siglos habían habitado la imaginación del pueblo. Aquellos que antes infundían respeto —y hasta cierto temor reverencial— ahora eran ignorados, ninguneados.

La exclusión les provocó no solo enojo sino una preocupación profunda: comprendían que, si nadie los recordaba, estaban condenados a desaparecer.

Por primera vez en siglos, enemigos tradicionales y rivales de oficio decidieron reunirse:  El Caraí Octubre miraba de reojo al Jasý Jateré porque le robaba protagonismo en la siesta, su horario laboral; el Pombero, con su afición a la caña, desconfiaba del Curupí, famoso por su peligrosa dotación; y todos, sin excepción, le temían al Lobizón, cristiano que en ocasiones se emperraba y se volvía, violento y pendenciero.

Pero esta vez no los unía el amor, sino el espanto.

Sabían que su supervivencia dependía de una causa común.

Decidieron encontrarse en las afueras de la ciudad, lejos del ruido de los carruajes imperiales y de los zumbidos de los platillos voladores que aterrizaban con luces azules en los barrios adelantados tres mil años. El Pombero propuso un lugar: el viejo cementerio abandonado. Nadie objetó. Allí nadie los molestaría. Y como todo barrio que se precie necesita un nombre, eligieron llamarlo Avavé, que en la lengua ancestral significa Nadie.

Se instalaron allí y superadas las primeras desconfianzas, comenzaron las deliberaciones sobre cómo abordar tan delicada situación.

Estos seres —mitos de la región guaraní— no eran ajenos al espíritu de su pueblo: eran parte de su reserva espiritual, de ese lugar al que se recurre cuando la razón no alcanza.

Todos coincidían en que vivían una emergencia extrema. Pero, apenas se habló de compromisos, las excusas florecieron. El Caraí Octubre recordaba que solo trabajaba un mes al año. El Curupí prefería “acompañar desde atrás” con el consiguiente murmullo de suspicacias. El Lobizón alegó que solo actuaba los viernes de luna llena. El Jasý Jateré, soñoliento, dijo que su campo de acción eran los niños y las horas de siesta. Uno a uno fueron esquivando el bulto, hasta que el Pombero, cansado de tanta tibieza, tomó la palabra. Dijo que la mitología de los pueblos no nace de un día para otro.
Que ellos viven en el inconsciente colectivo, y que si el pueblo estaba enfermo, les correspondía salir a defender su identidad. Que también a ellos les iba la vida en ello. Cuando terminó, ya era casi medianoche. Nadie habló. El Jasý Jateré cabeceaba, el Curupí escupía el jugo del cigarro apagado, el Caraí Octubre hurgaba las brasas y el Lobizón se había esfumado en la oscuridad.

El Pombero comprendió que se quedaba solo, así que dio por terminada la reunión, fijando una nueva para la noche siguiente.

Al día siguiente, todos volvieron. El aire era distinto: ya sabían que el Pombero lideraría la causa.

Pero faltaba definir cómo actuar. Cómo hacer para que alguien, allá afuera, escuchara su llamado. Porque en esa ciudad partida nadie podía oírlos.

Y así, entre el humo del tabaco y las brasas del fuego, el Pombero propuso buscar a uno de los suyos, un humano que aún pudiera sentir el pulso antiguo de la tierra.

Uno que, aunque no lo supiera, todavía escuchara el clamor se furioso se levantaba en Avavé, aunque fuera uno solo el que movía los hilos

 

LEANDRO MONTES

Para Leandro Montes, todo comenzó de un modo singular. Era el columnista estrella en Ciencias y Tecnologías del diario El Universal.

Se encontró con esta desmesurada historia sin proponérselo y sin saber que lo marcaría profundamente, hasta dar un giro definitivo a su vida.

El jefe de redacción le comentó que algo extraño sucedía en una ciudad lejana, un sitio que quizá no le resultara del todo ajeno ya que en los documentos que había presentado al ingresar al periódico figuraba ese punto remoto como su lugar de nacimiento.

Efectivamente, había vivido allí de niño, en un pequeño rancho, una estanzuela que tenían sus padres no muy lejos de la capital. Su infancia transcurrió en una casona antigua rodeada de frutales y flores. Dormía arrullado por el canto de los búhos y despertaba con un concierto de trinos y charatas que compartían el maíz del patio con las gallinas. Aprendió a leer y a escribir en una escuela rural, a cinco kilómetros de la casa, donde una maestra paciente le inculcó la pasión por los libros y la búsqueda del conocimiento.

A los cinco o seis años, el niño Leandro recorría los caminos de ese universo, casi siempre a caballo. Su compañero era un petizo criollo, de pelaje indefinido y desteñido por los años, al que había bautizado Corbata. Una raya blanca descendía por el cuello hasta el pecho y a Leandro le parecía una golilla discreta, como si el animal se engalanara cada mañana para acompañarlo.

En aquel tiempo, la selva le hablaba en silencio: el rumor tenue de los esteros y sus aves, el olor a tierra antes de la tormenta, la luz temblorosa del candil, marcaría su memoria para siempre, aunque años más tarde, lejos de allí, juraría haberlo olvidado.

Cerca de la adolescencia, sus padres lo enviaron a la ciudad, con la intención de asegurarle una mejor educación. Sin saberlo, lo desarraigaron para siempre de aquel mundo silvestre.

Volvía en vacaciones, cada vez con menos frecuencia. El recuerdo de los montes, los mitos, las luces del farol petromax, los fogones en familia, el lento andar de los carros de bueyes fueron cediendo ante la televisión, el cine y la modernidad. Eran los últimos estertores de una civilización pastoril que apenas había cambiado desde los años veinte, los últimos sobrevivientes de una clase media rural que pronto sería absorbida por la globalización.

Ya casi sobre el final de los años setenta logró embarcarse en el vagón de cola de ese tren tecnológico que arrancaba, dejando a padres y abuelos varados en el andén de la estación del tiempo. Y la vida lo llevo lejos. Había conocido el mundo lento, traccionado a sangre y pudo viajar en aviones supersónicos a Paris, en trenes ultrarrápidos por Alemania, se maravilló recorriendo los laberintos subterráneos de Londres y recaló vaya uno a saber por qué extrañas circunstancias en la Ciudad de México. Nadie sabe que lo cautivó. Tal vez su profunda riqueza cultural que se manifiesta en un contraste fascinante entre su historia prehispánica y el modernismo, quizás su gastronomía o acaso esa vibrante y creativa desmesura del mariachi. Vaya uno a saber.

Lo concreto es que de las aulas universitarias pasó a las empresas tecnológicas y luego al periodismo especializado. Allí encontró su modo de ganarse la vida y, sobre todo, una manera de mantenerse en contacto con las novedades y rarezas del planeta. Su existencia se volvió metódica, casi burguesa. Los problemas en una página, las soluciones en otra, y un manual de procedimientos para todo lo demás.

Entre vuelos, hoteles y coberturas, cuando estaba en la ciudad, pasaba sus días en un departamento de la colonia Condesa en el DF, en pareja con una colega mexicana del diario, una relación flexible, posmoderna, ajustada a los ritmos del trabajo. Podía considerarse un ciudadano del mundo: pocas raíces, muchas alas. La realidad se le presentaba como un holograma en constante mutación, atravesado por el tiempo y el espacio, bajo la influencia de teorías físicas y cósmicas que lo convencían de lo efímero de la existencia.

Tras la muerte de sus padres, vendió los campos de la infancia. Sabía que nunca volvería a vivir allí; ese universo ya no le pertenecía. O quizá, pensaba, él había dejado de pertenecerle a ese lugar.

Y, sin embargo, cuando aquel rumor llegó a su escritorio —esa noticia difusa sobre una ciudad perdida en el mapa, sobre algo raro que estaba ocurriendo allí—, una inquietud le recorrió el espinazo. Era como si el pasado, que creía sepultado, se hubiera atrevido a tocarlo de nuevo en el hombro.

Leandro nunca imaginó que eso volvería a reclamarlo como si el tiempo no hubiera pasado. Antes de que su mundo se volviera digital y vertiginoso, había aprendido a medirlo en trinos de zorzales y tormentas en el horizonte, a leer el silencio como si fuese un libro abierto. Creció convencido de que aquel universo era eterno. Y eso tal lo aburrió.

Después, los días, los minutos y los segundos se volvieron ceros y unos. fracciones y múltiplos escalofriantes: microsegundos, nanosegundos, que ya no estaban solos, sino que formaban parte de una sucesión inconmensurable que une lo más diminuto con los eones, donde tiempo y espacio se entrelazan de tal modo que es imposible concebir el uno sin el otro, definiendo una danza de secuencias que se extiende desde el infinito hasta la eternidad, en todas direcciones.

De allí surge la armoniosa sinfonía de lo bello a escala galáctica y la perfección de lo exacto en los dominios subatómicos.

Ayer, hoy, mañana —o tal vez nunca— coexistiendo en el reino de lo cuántico y sus misteriosas implicancias.

—Montes, necesito esa nota para el cierre —gruñó el jefe de redacción, golpeando el lápiz contra la mesa como si marcara un tambor de guerra.

Leandro lo miró en silencio. Había pasado la noche escribiendo, pero el artículo le parecía hueco, insulso, algo escrito en piloto automático: apenas un eco lejano de esos textos filosos y punzantes con los que solía poner en jaque la ética y la estética del posmodernismo.

El jefe insistió, hablándole de plazos, de urgencias, de titulares.

Leandro apenas lo escuchaba. Tenía los ojos fijos en la pantalla, pero la mente en otra parte.

Algo lo acosaba desde hacía un par de semanas. No era nostalgia, ni romanticismo: era una extraña certeza, la intuición de encontrarse frente a algo que lo cambiaría todo, aunque no supiera todavía de qué se trataba.

El jefe resopló una vez más, fastidiado, y se alejó mascullando improperios.

Leandro entregó el archivo, apagó la computadora y, por primera vez en años, no le importó la suerte ni la potencia de su texto. Ni siquiera le preocupó la posibilidad de ser despedido. Simplemente salió.

Afuera, la ciudad —con su ruido eléctrico y convulso— lo absorbió. Pero en su interior, sin razones aparentes, el galope lejano de Corbata, aquel caballo de su infancia, parecía recordarle que aún había caminos de tierra por recorrer.

Cuando llegó a su departamento, en una exclusiva zona del DF donde vivía, lo recibió un fuerte e inexplicable olor a tabaco negro curado al aire: el negro criollo que se utiliza para elaborar los cigarros pó guazú y el pety hũ imprescindible para el naco, ese arraigo cultural de la región guaranítica vinculado a la masticación de hojas de tabaco y cenizas de ciertas plantas. No había razones lógicas para ese aroma.

Nadie que él conociera fumaba esa clase de tabaco.

Pero había razones poderosas y misteriosas que él aun no conocía.

 

LAS SEÑALES

Leandro no sabía cuándo habían comenzado, pero su computadora y su teléfono empezaron a comportarse de manera extraña Al principio fueron pequeños detalles. Su laptop se encendía sola, abriendo carpetas que él no había tocado, mostrando fotos de calles que no conocía y archivos de texto con frases incompletas. Archivos que no recordaba haber abierto aparecían en el escritorio, con nombres que parecían susurrar su propio nombre. Mensajes incomprensibles surgían entre notificaciones de aplicaciones, breves frases en idiomas que apenas podía reconocer, acompañadas de un zumbido leve, como un murmullo lejano.

Luego fue el teléfono. Sonaba o vibraba sin mensajes, y al desbloquearlo aparecían palabras sueltas, como si alguien escribiera a medias en su mente: “Necesario… urgente… no ignores…”.

Luego las voces Una noche, mientras revisaba correos rutinarios, las escuchó por primera vez. Apenas un murmullo mientras trabajaba, como viento entre hojas secas. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, ecos de cansancio. Pero las noches siguientes crecieron en claridad y urgencia. Lo llamaban por su nombre, lo guiaban, le mostraban mentalmente callejones torcidos, puentes iluminados por faroles que él nunca había visto. Le hablaban de un lugar donde el tiempo no era igual que aquí, donde la ciudad misma parecía respirar.

Los sueños llegaron después. Caminaba por un lugar que desconocía pero que sabía que se llamaba Ciudad Crone sin siquiera haberla visto, entre calles torcidas, luces que se doblaban sobre sí mismas, y sombras que parecían moverse con intención propia, edificios que susurraban secretos en lenguas que recordaba haber olvidado. Sentía la tierra bajo sus pies, un latido antiguo que recorría todo su cuerpo. Cada sueño terminaba con una frase que parecía vibrar en sus huesos: “Te necesitamos en Ciudad Crone”.

Leandro se despertaba con la sensación de que los sueños habían sido más reales que la propia habitación, con la piel erizada, y un leve olor a tierra húmeda que nunca estaba allí durante el día. La invitación era urgente, insistente, como si la ciudad misma lo llamara, y él sabía que no podía ignorarla.

Pero no solo era en el mundo digital o en los sueños donde le ocurrían cosas. En su propia casa, los fenómenos comenzaron a manifestarse físicamente. Una taza aparecía en el suelo frente a la ventana, un libro abierto sobre palabras que él no recordaba haber leído, luces que parpadeaban al ritmo de los murmullos. Una sombra cruzaba por los pasillos cuando apagaba la lámpara. Una vez, la persiana de su habitación se movió sola, como empujada por una mano invisible, y escuchó pasos acercarse al escritorio sin que nadie estuviera allí.

Cada noche, la insistencia aumentaba. Las voces se volvían más claras, más firmes, más exigentes. Los sueños más vívidos y prolongados. Cada parpadeo de la luz, cada cambio mínimo en la casa, parecía un mensaje codificado: Ciudad Crone lo necesitaba, y él no tenía ya escapatoria.

Leandro comprendió que ignorar las señales solo las haría más poderosas. Cada intento de racionalizarlo fracasaba frente a la evidencia de que algo lo estaba convocando, algo que trascendía los límites de la lógica y de la distancia

 

MANUEL

Montes tenía un amigo que vivía en las afueras de Ciudad de México, hacia el norte, por los caminos que llevan a Amecameca o Chalco.

Manuel Aquino Augten, paraguayo y colega suyo en El Universal, trabajaba en la sección deportiva. Tenía además una pequeña granja donde criaba conejos y cuidaba unas milpas. Leandro solía visitarlo cada tanto

Manuel conocía mucho de la mitología guaraní, así que Leandro decidió consultarlo por aquellas extrañas señales que recibía… o creía recibir.

Comieron tacos, bebieron tequila, rieron, recordaron viejas coberturas periodísticas, y luego Leandro fue al grano: le contó lo de los sueños, los olores, los objetos que se movían solos, esa sensación inexplicable de estar siendo llamado desde lejos. También, casi al pasar, mencionó aquel comentario que su jefe de redacción le había hecho sobre su ciudad de origen, Formosa —o Fermosa, como decía—, y la proximidad de esa tierra con el Paraguay natal de Manuel. No le había dado importancia, pero algo en esa coincidencia empezó a inquietarlo.

 

LAS SEÑALES DE MANUEL

La casa de Manuel tenía un patio generoso, con jardines, pérgolas y flores. Al fondo, junto a la cerca, crecía un pequeño bananal que él cuidaba con esmero: regaba las matas, despuntaba los cachos para que los frutos engordaran, podaba las hojas secas.

Una tarde encontró entre las hojas unas marcas extrañas, como si algo pesado hubiera reposado allí. Pensó en un perro callejero que buscó abrigo o en una perra que fue a parir su camada, pero no encontró huellas ni crías. Olvidó el asunto.

Días después, cerca de la medianoche, mientras buscaba unas prendas en el tendedero, le pareció oír el piar de pollitos. Se dijo que alguna gallina habría perdido un pequeño y no le dio más vueltas.
Otro día, cenando, escuchó relinchos y galopes. Tampoco se inmutó: era habitual el paso de caballos por la zona rural. Hasta que un sábado, entrada la madrugada, lo despertó una ráfaga de truenos violentos sobre el techo de chapa. En medio del silencio del campo, sonaban como cañonazos. No vio nada, pero quedó conmovido. Esa vez la duda le duró más tiempo.

Manuel era aficionado a la artesanía. En sus ratos libres trabajaba la madera y el hierro en un pequeño taller del fondo: bancos, sierras, un yunque, una fragua. Como ya le habían robado un par de veces, instaló un sensor de movimiento conectado a una alarma y a un potente reflector.

Una madrugada escuchó martillazos sobre la bigornia y el soplido de la fragua encendida. Buscó su arma, pero antes de salir se activó la alarma: una chicharra infernal, tan aguda que habría despertado a un oso a cinco cuadras.

Asustado, disparó al aire, y escuchó una huida destemplada, una carrera veloz, animal o humana, imposible de distinguir.

Revisó el fondo, apagó la alarma y se quedó pensando.

La mente racional empezó a trabajar: el viento movió la rejilla de la fragua, los golpes fueron un sueño, la alarma la disparó un gato o un perro.

Otra vez, la razón negando las percepciones de la psique profunda.

Después de aquel episodio, pasaron varios días de calma. No dijo nada a nadie.

Por su oficio, era común que lo encontraran despierto hasta la madrugada, leyendo o escribiendo. Pero esa semana un cansancio inexplicable lo vencía temprano. Y entonces, como a su amigo Montes, comenzaron los sueños.

Una noche despertó sobresaltado, con la sensación de haber estado hablando con su abuelo… en guaraní. Las palabras le retumbaban en la cabeza:

Eíra, che ra’y, e moï eíra. Miel, mi hijo, ponele miel.

Aún medio dormido, tomó un frasco de miel de la alacena y lo dejó destapado sobre unas tarimas en el patio.

A la mañana siguiente se fue a trabajar sin recordarlo.

Cerca del mediodía, una vecina lo llamó por teléfono: algo raro pasaba en el fondo.

Cuando volvió, la escena era dantesca.

Millares de abejas revoloteaban desesperadas. Otras mil estaban dentro del frasco, empapadas en miel, las alas pegadas. En el suelo, un enjambre moribundo era devorado por pajaritos que hacían un festín. No había nada que hacer. Se quedó mirando hasta que las abejas acabaron la miel y los pájaros, las abejas. Al final solo quedaron unos cuicacoches esperando que lloviera de nuevo néctar o avispa.

La noche siguiente soñó otra vez:}

Caña, che ra’y, e moï caña. Caña, hijo mío. Ponele caña.

Buscó caña paraguaya, pero solo tenía tequila. Lo dejó.

Esa madrugada los golpes en el techo fueron insoportables. Parecía que el tequila no servía para apaciguar lo que fuera que pedía aquello.

Entonces vino el tercer sueño:

Petý, petý hũ, che ra’y… upea ndojagýi. Dejale tabaco negro, hijo. Eso no falla.

Y ahí comprendió.

Aquello que rondaba su casa era el mismo espíritu que visitaba a su amigo.

—Se trata del Pombero —dijo en voz alta—. El que está dejando los mensajes es él.

Esa misma tarde llamó a Leandro.

—Hacele caso, hermano —le dijo—. Suele ser cargoso. Y si vino hasta acá, es porque algo grave se mueve allá.

Desde ese día, Manuel dejó de ser molestado. Solo quedó, en el aire del patio, un aroma persistente a tabaco negro y un zumbido lejano, como si todavía hubiese abejas soñando con miel.

En cambio, Leandro, sintió que su alma se encogía dentro de sus sesos.

Y entonces comenzó la búsqueda

 

LA BUSQUEDA

Sin otra mejor ocurrencia y urgido por sus propias inquietudes, Leandro Montes se sentó frente a la computadora, convencido de que lo más sensato —o lo más natural en un hombre de su oficio— era empezar por lo obvio: buscar en internet.

Tecleó “Ciudad Crone”, “Fermosa anomalías”, “tiempo raro en Formosa” y, como quien abre una puerta sin saber qué hay detrás, presionó Enter.

La primera oleada de resultados fue decepcionante: noticias de turismo, notas de color, blogs de viajeros aburridos. Pero, entre los escombros digitales, empezaron a aparecer hilos olvidados en foros viejos y páginas que parecían diseñadas en los noventa. Gente que hablaba de “barrios en los que no pasaba el tiempo”, de “calles que llevaban a siglos distintos”, de un tal Ariel que siempre aparecía en las plazas.

No conforme, Montes hizo lo que mejor sabía: cruzar datos. Tomó esas menciones dispersas y empezó a cotejar fechas, nombres y descripciones. Descubrió contradicciones imposibles: un mismo barrio aparecía como fundado en 1870 y en 2124; el nombre de una mujer constaba en un censo de 1950 y en una partida de nacimiento de 2020. Como si la ciudad se reescribiera en cada registro.

El siguiente paso fue mapear la anomalía.

Abrió Google Maps, luego, Google Earth, después OpenStreetMap. Al principio todo parecía normal, hasta que se fijó en los bordes: manchas borrosas, calles que no conducían a ningún sitio, barrios duplicados. Dio coordenadas al azar y, en una esquina del mapa, el nombre “Avave” titilaba y desaparecía como si el sistema no pudiera decidir si debía mostrarlo o no.

Los foros, hilos de Reddit, grupos de Telegram o Discord, blogs viejos, archivos PDF olvidados en repositorios brindaban alguna información que mas que sumar parecían agregar mas incertidumbres que certezas.

Con “Wayback Machine” esa herramienta  para encontrar rastros de páginas borradas, aparecieron algunas cosas mas, pero todo seguía siendo misterioso, parcial, insondable, pero a la vez poderosísimo motor de su desmesurada curiosidad.

Sonrió: era el tipo de rareza que no podía dejar pasar.

Tambien se dio cuenta que dejo de soñar o de recibir mensajes incomprensibles.

Se dio cuenta que estaba en una senda de misterios insondables y eso lo excitaba.

Escribió un par de scripts sencillos para hacer scraping y mineria de datos, y raspar datos de catastros y boletines oficiales, para luego cruzarlos y relacionarlos.

Las anomalías crecieron: barrios que se incorporaban y desaparecían del padrón municipal en cuestión de días, decretos derogados antes de haberse publicado, obras públicas planificadas en 1895 con presupuestos del 2070.

Con el cosquilleo de quien sabe que ya está entrando en terreno prohibido, se internó en la deep web.
Foros an
ónimos, páginas en dominios extraños, capturas de mapas imposibles. Allí apareció por primera vez la palabra escrita con seguridad: Ciudad Crone. No como rumor, no como mito: como si se tratara de una entidad reconocida, aunque nunca registrada oficialmente.

Por último, siguiendo el rastro de comentarios dispersos, Montes terminó en un canal de mensajería encriptado, donde un grupo reducido se hacía llamar temporólogos. Allí leyó frases crípticas: “los relojes no se reparan”, “el rayo no fue casualidad”, “Ariel sigue caminando”. Montes sintió que había abierto una grieta. Ya no se trataba de un simple dato curioso: era una verdad que se escondía en los pliegues de la red, esperando a que alguien, como él, la desenterrara.

Poco a poco fue sintiendo una necesidad irrefrenable de encontrar el modo de ver aquello de cerca

Montes se sumergió en la maraña digital como quien persigue un fantasma. Visitó hackerspaces donde programadores insomnes compartían teorías imposibles sobre relojes cósmicos, foros de temporalistas que discutían con la vehemencia de profetas, blogs donde amateurs registraban fenómenos extraños entre memes y pseudociencia. No se quedó en la superficie: intercambió favores, ofreció espacio en el diario a cambio de datos duros, persiguió hasta la última nota al pie de cada hipótesis extravagante. Y finalmente creyó haber dado con algo. Un punto de partida. Una hebra que podía tirar.

 

PRIMER HALLAZGO

En un antiguo blog de un taller de literatura encontró un texto de un tal Axel Jouck que parecía describir Ciudad Crone y si bien no constituía una prueba, era algo concreto y plausible.
Decia asi:

“Crone tiene muchas singularidades; una de ellas es que nadie sabe exactamente cuándo se fundó, ni dónde.

Los mitos más disparatados señalan que en sus inicios podría haber sido una aldea pequeña y remota llamada Fermosa o acaso Formosa, pero ni los historiadores más serios están en condiciones de asegurarlo.

En cuanto a la época, es algo aún más discutible, nadie sabe si Ciudad Crone existe desde hace mucho, hace poco, dentro de poco o dentro de mucho.

Esto se debe a que en Ciudad Crone el tiempo parece funcionar de manera diferente.

Disfruta - o padece - de una salvaje fluctuación temporal que hace que aquellos que, inflando pecho, se autodenominan expertos, se extravíen en los distritos del divague sin llegar a conclusiones definitivas respecto de su naturaleza y funcionamiento

Algunos postulan farragosas teorías que explican la atemporalidad de todas las cosas a través del “Flujo de resonancia cíclica” y otros tratan de definir los alcances e implicancias del único punto planetario afectado por la “geografía cuántica”

Algunos sostienen que tal vez una de las cabeceras de un puente de Einstein-Rose, otros postulan la sospecha de un agujero negro en equilibrio dinámico estacionado en ese lugar y algunos más sostienen que no es otra cosa que las puertas del mismísimo Hades, con Caronte y Cerberos.

Lo concreto es que cualquiera sea la cosa que allí este pasando, hay que asumir la separación de la ciudad en áreas donde discurren líneas temporales diferenciadas, o sea, barrios enteros afectados por una época en particular, diferentes de otros, a veces separados tan solo por una calle.

Nadie conoce toda la topografía de Ciudad Crone.

Hay quienes aseguran que viven en barrios que van por el siglo 12 DC y se maravillan ante algunos inventos cotidianos como la electricidad o el agua corriente y otros que se espantan porque todavía ven algunos individuos usando celulares en los tiempos de la comunicación telepática.

Los habitantes en general pueden moverse con libertad entre estos barrios, siempre que cumplan con ciertas normas.

De todos modos, estas normas varían de rigidez de un barrio a otro y nadie tampoco está muy seguro de que es lo permitido y que es lo censurado en Ciudad Crone

Esa particularidad geografía no es algo estable y uniforme, porque no solo están las fronteras físicas, sino que también están las fronteras temporales y entre el pasado y el futuro hay grietas que se abren y cierran de forma espontánea, con una frecuencia variable que depende de factores que solo los temporologos son capaces de predecir, como una especie de terremotos de tiempo en los que pueden ocurrir cosas verdaderamente novedosas.

Es recomendable estar atento a las noticias, pues nunca se sabe cuándo el pronóstico puede anunciar chaparrones de pasado o granizo de futuro, a veces ventarrones ancestrales pueden convertir una semilla en un árbol viejo en cuestión de minutos, o un hombre puede quedar atrapado en una neblina regresiva y salir de ahí como un recién nacido.

Ciudad Crone sin dudas, es un lugar repleto de misterios y no se sabe si se trata de una sola ciudad en muchos momentos, o muchas ciudades que convergen en un momento único, lo cual genera todo tipo de especulaciones leguleyas.

Están quienes debaten sobre si efectuar cambios en el pasado altera el futuro y quienes aseguran que todo lo que se haga en el antes ya estaba destinado a suceder de todas formas.

Hay quienes creen que todo es una ilusión, un fallo en la gran computadora cósmica, y otros emprenden expediciones por las fisuras, convirtiéndose en ancianos y niños cientos de veces por día para encontrar respuestas; al final regresan locos o no regresan nunca.

Algunos de estos delirantes afirman ver autos voladores, cabinas telefónicas inglesas que aparecen y desaparecen, o caballeros solitarios vistiendo armaduras. Por esto se recomienda a aquellos que tienen curiosidades por entender lo inentendible, que es mejor dejarlo como está, especialmente si no se está dispuesto a deambular por los distritos de la locura.

Los barrios de Ciudad Crone son bastos y numerosos. Nombrar a todos puede ser tarea imposible o solo apta para geógrafos entusiastas, pero quizás sea de conveniencia metodológica describir algunos:

El Barrio Central, es un recinto vulgar y sin matices de unas 12 o 15 cuadras de lado que parece ser el único que no está afectado por las singularidades de Ciudad Crone, ya que se puede notar que va en la misma línea de tiempo que el resto del mundo. Es una especie de suelo neutro, aguas internacionales, digamos.

Sin embargo, al ser un nexo, una especie de zona franca, parece que tiene una especie de nudo transtemporal que le permite funcionar sin inconvenientes ni contradicciones con el resto del mundo y las demás barriadas, incluso las hostiles.

Sus normas de tránsito son bastante flexibles, eso explica el intenso movimiento de vehículos de todas clases y el tráfico de artículos tanto del pasado como del futuro y viajeros de todas las épocas conviviendo en lugares pluritemporales, como el Pequeño Abasto, también llamado Mercadito, donde uno puede encontrar cañones a pólvora y bombardas para galeones hasta gatos robots que pueden hackear cuentas bancarias.

La Costanera de los Mitos es otra de las mejores atracciones para quienes quieran dar un paseo ya que es una especie de parque temático donde se puede ir en vehículo - carruaje de caballos o auto flotante- y recorrer un frondoso bosque en el que habitan los seres mitológicos del pasado, traídos a la vida por los expertos cuentistas de la antigüedad y los ingenieros genéticos de la modernidad.

Allí se pueden ver los criaderos de cigüeñas destinadas al reparto de bebes recién nacidos en algunos barrios medievales.

Están los barrios del sur, algunos de nombres idílicos, como Villa Jardín, El Mangal o Doña Lola y hay otros más ortodoxos con nombre de santos y próceres.

Pero también se tienen noticias de barrios bravos, como City Ville, Dracons Village o Circuit Five, y algunos barrios genéricos, sin nombre, como “El Barrio donde nadie se enoja”, La Comarca de la amistad, etc.

Villamores, esta signado como el más peligroso de todos, ya que allí conviven narcos y matones de avería, con sicarios, gatillos y culatas de baja estofa. También se dice, acaso solo para presumir o para incrementar su peligrosidad, que el que pisa su geografía, se enamora inevitablemente. Esa misma condición parece compartir otro barrio de la zona norte que se llama Coraquom, sobre el que se teje las mas insolitas afirmaciones de amores imposibles, arboles parlantes y prodigios analogos.

En ciertos claustros tecnologicos, se rumorea que Ciudad Crone tiene una forma muy singular de abastecerse de energía. Hay fuentes energía de todo tipo interconectadas. Todo aquello que sirva para producir energía es inmediatamente intervenido por el estado y puesto bajo la esfera de una corporación que se encarga de concentrar, transportar y distribuir la energía, supervisando tanto la generación como el consumo.

Asi, hay energía proveniente de usinas convencionales de combustible fósiles, parques eólicos y solares, energía hidráulica proveniente de micro represas hidroeléctricas construidas con materiales reciclados, energía ecológica proveniente de la recuperación de residuos orgánicos gasificados, y hasta bioenergía proveniente de una planta de producción sobre la que se teje las mas disparatadas fabulaciones, ya que se dice que las encargadas de producir energía son unas anguilas eléctricas traídas desde Madagascar por un ex intendente visionario.”

 

INDICIOS

Este singular hecho se ve recogido por dos documentos de esa época hallado por Montes en la Dark Web.

El primero se trata de un comunicado  de una Corporación, llamada Recursos y Energia de Ciudad Crone – RECron- , dando cuenta de un fallo en un subsistema de producción de energía.

Leandro Montes lo descargó en PDF y lo leyó con fruición: Un informe saturado de referencias técnicas era para él un manjar ante el cual era imposible no babear.

Decia asi:

 

COMUNICADO

A raíz de los cortes extraordinarios del servicio de energía de la ciudad y que son de dominio público, RECron Corporation comunica a la población que en el atardecer del día de ayer se produjo un colapso en el sistema electico que duró alrededor de 7 minutos y 22 segundos, lo que acarreó apagones y salida de servicio, en distintos sectores de la ciudad.

El sistema satelital de detección de fallas registro que la misma se produjo en la generadora Banco Marina, por lo que personal técnico de la distribuidora con equipos especiales de detección de fallas y personal policial por razones de seguridad, se hicieron presentes en el lugar a efectos de determinar las causas del incidente.

Un exhaustivo control de las instalaciones, transformadores y fusibles de ultra tensión dictaminó que se encontraban en estado normal y sin daños, lo mismo que las micro redes eléctricas ubicadas en la llamada ¨Zona Intangible¨, conectadas al generador policelular instalado en el lecho del rio.
Como se sabe, en el lugar, se encuentran instaladas las piletas aptas para almacenar y distribuir la bioenergía producidas por las anguilas Electrophorus Electricus

Fue posible detectar ciertos signos de descaste en los sistemas de detección de aproximación a las instalaciones y rastros de un estallido de energía, así como un ejemplar de la especie con signos evidentes de haber sido extraído del agua, y, aunque vivo, aún tenía un anzuelo clavado en la boca, lo que producía diversas descargas y cortocircuitos generando la inestabilidad de todo el sistema, razón por la cual el equipo automático de vigilancia las desconecto.

Hay que recordar que ese subsistema genera unos 20 MW/H y que cada unidad productora aporta unos 10.000 voltios CC cada una, y que unidas por un anillado anodocatodico en serie en doble terna aportan a dos superbarras reforzadas el total de la potencia enunciada.

Dentro del sistema, las anguilas blancas aportan energía positiva y las negras negativas, sumando en conjunto 132.000 V que es la tensión total en barra. Todo el conjunto está monitoreado por sofisticados equipos de protección que aseguran la calidad de servicio

Los técnicos observaron que en el panel de alarmas y en el relé de protección se evidenciaba la existencia de una apertura del interruptor general por una gran descarga a tierra de unos 70.000 Amperes lo que ocasionó colapso del subsistema que automáticamente fue sacado de servicio

El personal policial reportó la presencia de una persona en las proximidades, pero de la requisa de sus pertenencias e interrogatorio no surgieron implicancias en el tema.

El servicio fue restablecido a las 20:04 hs

 

EL PESCADOR

El otro hecho referencial se trataba de una nota dada tiempo después, por un ignoto Walter Ramón Parola a una pagina web de relatos extraordinarios y que parecía referirse al mismo hecho.

Esto decía:

 

Walter Ramón vivía en los barrios del norte de Ciudad Crone, en uno genérico que era conocido como el barrio de los que siempre cantan, aunque él no cantara.

Trabajaba de botones en un hotel del Barrio Central, se movilizaba exclusivamente en bicicleta y le gustaba la pesca.

Podría decirse que era un pescador avezado, que conocía todos los secretos de la pesca deportiva y como todos los de su condición, a veces cobraba algunas piezas para disfrutar con los amigos.

Delgado, atlético, de movimientos lentos y precisos, cabello negro, peinado siempre con gel y una eterna sonrisa de curiosidad en su rostro. Nos recibió con una amplia sonrisa y comenzó su relato:

 

“Tenía franco aquella tarde y decidí ir al río.

Cambié la pulcritud del uniforme por ropa deportiva: bermuda de tela color militar, remera de mangas cortas, zapatillas negras y un gorro blanco. Tomé mi bicicleta de paseo y mis aparejos de pesca.
Conocía de memoria los mil y un recovecos de la costa, todos ellos lugares dignos y probados donde pescar a gusto, pero había uno que me obsesionaba.

Y estaba prohibido pescar allí.

Acaso por eso mismo.

Pocos sabían a ciencia cierta cuáles eran los motivos de aquella veda eterna, pero una gruesa cartelería de explícita amenaza inhibía cualquier intento.

Las advertencias eran claras: quien fuera sorprendido pescando en ese lugar sería objeto de las vejaciones más viles y acaso padecería la muerte.

En general, todos los pescadores le temían al sitio, y nadie entraba.

Pasando el recodo de Banco Marina, encontré mi pescadero preferido. Dejé la bicicleta apoyada en uno de esos desniveles que marcan el nivel donde las aguas se estacionan por muchos días durante las crecientes y abrí la aplicación “Detectar Cardumen” en mi teléfono móvil. Lo orienté en dirección al río hasta verificar una señal fuerte y clara.

Ese era el lugar. Y allí me dispuse a pescar.

Lancé lo más lejos que pude, con plomada 40 y anzuelo bagrero, encarnado con lombrices.
El tiro fue bueno: sentí el vuelo de la trampa y escuché a lo lejos el “chaff” del conjunto al caer al agua.

Dejé que la corriente del río hiciera lo suyo y, cuando se estabilizó, tanteé con los dedos la línea y, satisfecho, la apoyé en el portacañas que acababa de plantar.

Alguien me había dicho que tenía que cambiar mi reel por uno más sofisticado, pero yo disfrutaba del que tenía. Era un poco antiguo, convencional, ruidoso, pero nada me hacía más feliz que sentir el tirón, la cabeza de la caña arqueándose, el recio tirón para enganchar y luego la recogida: ese duelo entre pescador y presa que, cuanto más grande era, más arduo y generoso en alternativas se tornaba.

Los reeles modernos me parecían una trapería. Los había automáticos, semiautomáticos, con lectores ópticos, con anzuelos inteligentes, anzuelos selectivos, en fin, una enorme variedad de sofisticaciones que, a mi juicio, le habían hecho perder el encanto a la actividad.

La tardecita transcurría plácidamente, con buen pique y sin mosquitos.

A lo lejos comenzaban a encenderse las primeras luces de las distintas barriadas perfilándose en la noche de Ciudad Crone.

En esas cavilaciones estaba cuando fui visitado por la más cruel de las urgencias.

Sostuve dos o tres retorcijones a puro corazón, pero luego levanté todo y partí presuroso, estimando ganarles a las verijas en esa carrera hasta el baño más próximo.

Cuando vi que la carrera estaba perdida, tiré la bici a un costado y me mandé al yuyal.

Calmado el aluvión de premuras, me percaté de que estaba dentro del Paraíso Perdido, el Walhalla, el Suargá: el sitio de pesca prohibido la llamada “Zona Intangible” Quedé paralizado del estupor, el miedo me recorrió la espalda con la sensación de cien renacuajos salidos del hielo, pero lentamente me fui recomponiendo.

Llevaba todavía la mochila con algunas liñadas de mano y el tarro de las lombrices, y estaba a escasos tres metros de la barranca. La miré como un niño mira el cajón de golosinas: generosa, ideal para sentarse y dejar los pies colgando. Dos metros más abajo, ese balcón de privilegio daba a un suave remanso que invitaba a la desobediencia.

Miré para todos lados y encarné. Tiré cortito, solo para darme el gusto y poder contarlo. Apenas el anzuelo tocó el agua, sentí el pique. Con ansiedad, dejé que el pez llevara la corrida y pegué el tirón. Inequívocamente sentí que lo había enganchado y comencé a traerlo hacia la costa.

Cuando asomó el lomo del animal sobre el pelo de agua del río, me di cuenta de lo que era: Una anguila eléctrica, y apenas la saqué a la barranca se produjo una extraña reverberación en toda el área, acompañada de ruidos y chispazos asimilables a un cortocircuito, mientras vastos sectores de la ciudad comenzaban a quedar a oscuras.

Intenté desenganchar al animal y devolverlo al agua, pero un violento patadón me desparramó hasta casi descalabrarme para toda la cosecha. Me repuse, y pescador con muchas horas de río, inmediatamente supe de la urgencia en la que estaba metido.

Cacé el alicate, corte la tanza, tire el bicho al agua, solté lo que pude y salí de ahí como alma que lleva el diablo.

Presuroso, abandoné el lugar y eché pedal escupiendo culebras, mientras toda la zona se iba llenando de policías  y móviles de RECron.

Ya pasando los trafos me detuvo una patrulla de policía.

Con los tres o cuatro bagres capturados y buena labia, pude justificar mi presencia en la zona y mi total desconocimiento del origen de los desórdenes energéticos que se estaban viviendo en Ciudad Crone.
A ninguno se le ocurrió mirarme los brazos

 

 

LA PRIMERA PRUEBA

El trabajo de rastreo lo había llevado hasta un detalle nimio, casi ridículo. Una fotografía vieja que un usuario de un foro de temporalistas subió a modo de chiste: una esquina de Ciudad Crone, con un  viejo sulky detenido frente a un bar  uncido a un aburrido caballo esperando que tal vez su dueño terminara de emborracharse. Lo curioso era la fecha: 1897.

Montes sonrió casi bobamente, pero decidido a atar cabos, buscó el mismo ángulo en Google Street View.
El mismo bar seguía allí, intacto, con idéntica fachada, idénticos ventanales, incluso el mismo cartel herrumbrado colgando del dintel. Solo que en la imagen digital, un Uber estaba estacionado en el mismo lugar que el sulky. Movido por la sospecha, buscó más. Actas notariales, fotos familiares, registros de catastro. Y lo que encontró fue peor: el bar aparecía en documentos del siglo XIX, del XXI y hasta en una fecha absurda que algún escribano había consignado como “año 324 después del diluvio”.

El edificio estaba, había estado y estaría allí, siempre igual, siempre presente, como si desafiara la lógica misma del tiempo.

Por primera vez, Leandro sintió que tenía algo sólido entre manos. Una evidencia que no podía explicarse por descuido archivístico ni por travesura digital. Aquella esquina, aquel bar, era un punto de referencia inequívoco.

Y tenía un símbolo que lo haría inequívoco: Un ancla, si, un ancla marina, de algún barco, colgado en su fachada y que perduraba entre épocas inconciliables. Una fisura por donde se colaba la certeza de que en Ciudad Crone, efectivamente, el tiempo no obedecía a ninguna ley conocida.

 

LA DECISIÓN DE LEANDRO MONTES

El editor lo recibió sin levantar la vista del monitor. Tecleaba con dos dedos, mascando un cigarro apagado, como si esa mezcla de humo fantasma y cafeína vencida lo mantuviera todavía en el mundo de los vivos.

—A ver, Montes —gruñó—. ¿Qué tenés que no pueda esperar?

Leandro dejó la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco.

—Formosa. O mejor dicho, Ciudad Crone —dijo, y la sola mención del nombre le erizó la piel.

El editor levantó una ceja, incrédulo. Montes desplegó los recortes: testimonios arrancados de foros, copias impresas de artículos pseudoacadémicos, fotos de barrios desfasados que había conseguido en redes subterráneas.

—Esto no es humo. Hay algo allá, algo que nadie entiende. El hombre de los relojes, no es una leyenda, existe.

El editor se inclinó hacia atrás, cruzando las manos sobre la panza.

—¿Querés que te financie un viajecito turístico por la patria para perseguir fantasmas?

Montes respiró hondo.

—Si estoy equivocado, perdemos un pasaje de avión y un par de viáticos. Si tengo razón, tenemos la primicia del siglo.

Un silencio largo se estiró entre ellos, solo interrumpido por el zumbido de un fluorescente moribundo.

Finalmente, el editor gruñó algo que podía ser aprobación.

—Tenés treinta días. Y no me traigas poesía: quiero hechos.

Esa noche, Montes apenas probó bocado. Se encerró en su departamento, rodeado de papeles y apuntes. Había logrado convencer al editor, pero ahora debía convencerse a sí mismo. ¿Y si todo era una fantasía compartida? ¿Y si ese Ariel era apenas un loco vestido de chatarra?

Se inclinó sobre su libreta, la releyó una vez mas y luego la cerró y comenzó a preparar la mochila: la grabadora digital, una cámara, cuadernos. Añadió un par de libros de física cuántica de bolsillo —recordatorio de que lo extraño también podía buscarse en la ciencia— y, casi como un gesto de humor, un reloj de pulsera barato. Para no perder la hora, pensó, aunque sabía que en Crone la hora no existía.

Dos días después, con el pasaje en la mano y el zumbido nervioso del aeropuerto en los oídos, Montes sintió por primera vez que no viajaba solo. Lo acompañaba esa certeza íntima de que el tiempo, allá donde iba, se había roto tal vez para siempre.

 

 

EL VUELO HACIA LA NOCHE

Leandro Montes abordó el avión en el Benito Juárez con la sensación de que algo lo observaba desde la pista. No sabía si era el reflejo del crepúsculo en los ventanales o una forma, apenas perceptible, agazapada en la niebla. Se ajustó el cinturón, cerró los ojos un instante y dejó que el rugido de los motores lo arrancara de Ciudad de México.

El asiento a su lado permaneció vacío hasta último momento, cuando un hombre de mediana edad, de cuerpo robusto y movimientos pausados, se acomodó con una leve inclinación. Vestía con sobriedad: chaqueta oscura, camisa blanca, sin más adornos que un reloj de bolsillo colgando de una cadena plateada.

—Chun-Go —dijo en un español casi impecable, con acento oriental—. Chef.
—Leandro Montes —respondió el periodista—. Trabajo en prensa, en El Universal.

Intercambiaron una sonrisa breve, como quien sella un pacto silencioso entre desconocidos que intuyen un propósito compartido.

El vuelo no fue tranquilo ni turbulento: una vibración constante, casi rítmica, como el compás de un reloj que no pertenece a este mundo. La sobrecargo ofreció bebidas; Montes pidió agua, Chun-Go, té verde.
—Viaja a Sudamérica por trabajo —preguntó ella, con ese tono amable que tienen los que aprenden a conversar entre nubes.
—Por algo más que eso —respondió el cocinero—. Busco una ciudad que ya no existe… o todavía no.

Montes lo miró sorprendido, pero no dijo nada. Sin saber por qué, recordó los sueños, las señales, y las palabras de Manuel: “Algo grave se mueve allá.”
Al cabo de un par de horas de nuevo la sobrecargo pasó ofreciendo bebidas.
—¿Algo de tomar, señor?
—Solo agua —respondió Montes. El chino no pidió nada. Al parecer dormia.
Ella sonrió con una cordialidad medida, profesional, como si supiera que en los vuelos largos las sonrisas sirven de abrigo.

Más tarde, ya sobre el Pacífico, volvió a acercarse.
—Puede que tengamos algo de movimiento al entrar en el corredor de Lima. Nada importante.
Montes asintió, pero le pareció que el aviso no se refería al avión. Había algo en el tono de aquella mujer, algo casi humano, que le insinuaba un cambio más profundo, más inevitable.

Durante la escala en Lima bajó para estirar las piernas. El aire era denso, salado, con ese olor agrio de aeropuerto y mar. A través de los ventanales vio los aviones estacionados, inmóviles, como criaturas en reposo.

Por un instante pensó en quedarse, detener el viaje antes de que fuera demasiado tarde, pero la llamada de Crone seguía latiendo en algún lugar de su memoria.

El tramo hacia Buenos Aires transcurrió de noche. Afuera, el cielo era una lámina negra. Adentro, solo el zumbido uniforme de los motores y la penumbra de los pasillos. Montes trató de dormir, pero Ciudad Crone volvía una y otra vez: sus calles vacías, sus luces parpadeantes, la lluvia cayendo sobre los techos oxidados. En sueños creyó ver al Pombero de pie en una pista desierta, saludándolo con la mano mientras el avión pasaba sobre su cabeza.

Fue durante esa escala en Lima que conversaron mas largamente. Primero caminaron juntos por el aeropuerto. Chun-Go cargaba un pequeño maletín de cuero gastado y una bolsa de mano que no soltaba jamás. En la cafetería del hall internacional, el chef contó su historia con la calma de quien la ha repetido mil veces para no olvidarla.

—Mi abuelo Kiang me habló de una ciudad llamada Krono —dijo, mirando la espuma del café como si leyera en ella—. Allende el mar, en América. Un lugar donde el tiempo no avanza ni retrocede, sino que respira.
—Ciudad Crone —murmuró Montes sin darse cuenta.
El cocinero levantó la vista.
—¿Cómo dijo?
—Nada… un nombre parecido —respondió el periodista, intentando restarle importancia, aunque el pulso le tembló levemente y el corazón parecía querer escapar de su cofre..

El tramo hacia Buenos Aires transcurrió de noche y los encontró ya cómplices de ruta. Hablaban poco, pero compartían silencios largos y densos, como si ambos escucharan el mismo zumbido interior. En un momento, las luces de cabina titilaron, y el reloj de bolsillo de Chun-Go se detuvo. Él lo miró con una mezcla de asombro y serenidad.

—Cuando los relojes se detienen, es que alguien nos está recordando —susurró.

Montes pensó en Ariel Amzer, en los relojes descompuestos que había oído mencionar en viejas notas perdidas de archivo. Sintió un escalofrío, como si una mano invisible lo guiara a un punto que ya había visitado.

El aeropuerto de Ezeiza era un hervidero de pasillos, controles y esperas. Montes cambió de avión casi sin hablar con nadie. Llevaba una calma aparente, pero dentro de sí el tiempo parecía haberse desajustado, como un reloj que adelanta y atrasa al mismo tiempo.

El último tramo, rumbo a Formosa, fue en un avión pequeño, casi doméstico. Se sentó junto a la ventanilla y aceptó un mate cocido que le ofreció la sobrecargo, una muchacha de acento norteño.
—¿Primera vez por allá? —preguntó ella.
—No. Regreso —dijo Montes.
—Ah... entonces sabe lo que lo espera, si regresan a casa —comento con tono casual.
—Quizá —dijo Montes.
—O tal vez vamos por primera vez —añadió Chun-Go, con una media sonrisa.

Por la ventanilla se extendía el mosaico verde del norte argentino: los esteros, el río, los parches del monte. Al descender, el aire se volvió espeso, casi dulce.
Entonces, el reloj de Chun-Go volvió a moverse, pero las manecillas giraban al revés.

Montes lo observó en silencio. No supo si aquello era una falla mecánica o una señal.
El cocinero guardó el reloj en su bolsillo y dijo, como si lo hubiera esperado toda la vida:

—Ya llegamos. Esta tierra respira distinto. Aquí, el tiempo tiene hambre.

Abajo, el paisaje se volvía cada vez más verde. Se dibujaban los ríos, los esteros, los parches oscuros del monte. El avión descendió entre nubes bajas y, por un instante, Montes creyó oír una música tenue, un tambor lejano, como si alguien —o algo— lo estuviera llamando desde más allá del tiempo. Solo el silencio húmedo del norte, extendido como un presagio.

 

LA LLEGADA

El avión descendió entre bancos de nubes bajas que olían a lluvia caliente. Desde la ventanilla, Leandro vio el río desplegarse como una cinta de mercurio, reflejando un sol que todavía no había salido. A su lado, Chun-Go observaba en silencio, con los dedos sobre el reloj que siempre llevaba en el bolsillo.

Cuando las ruedas tocaron la pista, un leve temblor recorrió la cabina. No era turbulencia: más bien una vibración profunda, como si la tierra misma hubiese respirado. Algunos pasajeros se miraron sin entender, pero la sobrecargo, imperturbable, sonrió y dio la bienvenida con voz de cinta grabada.

El calor húmedo los envolvió apenas cruzaron la manga. En el aire había un rumor eléctrico, un zumbido leve que parecía surgir de los árboles del fondo o de los cables de luz. Montes alzó la vista: los relojes del pequeño aeropuerto marcaban horas distintas. Uno daba las seis, otro las siete y cuarto, y un tercero —descolgado sobre la puerta principal— se movía hacia atrás, como si desandara el tiempo.
—Problemas de energía —dijo un empleado de seguridad, al notar su sorpresa.
—O de memoria —murmuró Chun-Go, apenas audible.

Salieron al exterior. La brisa trajo olor a tierra mojada y a flores recién abiertas. Al fondo, entre los mangales, una bandada de garzas levantó vuelo en perfecta sincronía, describiendo un círculo que se cerró sobre sus cabezas.
Montes sintió un leve mareo, un instante de desdoblamiento, como si el paisaje vibrara en dos tiempos distintos. Vio, por un momento, el mismo camino con otro cielo encima —más viejo o más nuevo— y luego todo volvió a ser normal.

El periodista respiró hondo.
—Bueno, Chun… bienvenido a Formosa —dijo.
El chef asintió, mirando el horizonte.
—No —corrigió en voz baja—. Bienvenido a Crone.

La luz del amanecer recortaba con nitidez un sector del centro: unas pocas manzanas donde todo se veía “correcto”. Los autos circulaban, las personas caminaban, los semáforos funcionaban. Pero alrededor, el resto de la ciudad parecía correr con pulsos distintos: en unas calles, los autos se movían en cámara lenta; en otras, las sombras se proyectaban hacia el sol; más allá, un grupo de niños jugaba en silencio, sin que el viento moviera su pelota.
—¿Qué es esto? —preguntó Montes, deteniéndose al borde de la vereda.
—El núcleo estable —dijo Chun-Go, como si ya lo supiera—. Un corazón que aún late a tiempo. Lo demás… no sé si sigue vivo o se adelantó demasiado.

El periodista encendió un cigarrillo. El humo subió recto, sin disiparse.
—Entonces —murmuró—, aquí empieza el reportaje.
Chun-Go asintió.
—O el regreso.

El taxi que los llevó desde el aeropuerto avanzó despacio por una avenida arbolada. El conductor, un hombre viejo con la piel curtida por el sol, no hablaba. En el tablero había tres relojes: uno digital, uno de pulsera colgado del espejo y un reloj de pared sujeto con tanza. Los tres marcaban horas distintas.
—¿Cuál es la correcta? —preguntó Leandro.
—Depende —respondió el chofer sin apartar la vista del camino—. ¿Correcta para quién?
Ninguno de los dos insistió.

A medida que se acercaban al centro, el entorno se volvía más nítido. El ruido de los motores era uniforme, las luces cambiaban en secuencia lógica, y hasta el viento tenía un ritmo reconocible.
—Debe ser el núcleo —murmuró Chun-Go.
—¿Núcleo de qué?
—De coherencia. Toda ciudad lo tiene, incluso las que están enfermas.

El vehículo se detuvo frente a un hotel de fachada colonial. El reloj del mostrador marcaba las diez en punto. Leandro miró su teléfono: 09:58. El chino, su reloj de bolsillo: 10:03. Nadie parecía preocupado por esas mínimas diferencias.
En la recepción, una mujer joven los recibió con cortesía impecable. Pero su voz —armoniosa, casi hipnótica— parecía grabada, reproducida con un leve retraso respecto al movimiento de sus labios.
—Bienvenidos, señores. Habitación doble, ¿cierto?
—No —dijo Leandro—. Hasta acá. De acá en más seguimos solos.
El chino asintió.
La mujer llamó a un botones para que se hiciera cargo de las maletas.

El botones se adelantó con paso ligero, dispuesto a tomar las valijas. Llevaba un uniforme gastado, el gorro ladeado y una sonrisa que parecía ensayada hace muchos años. Montes entrecerró los ojos: había algo en la forma en que aquel hombre sostenía el bolso, en su manera de mirar el suelo antes de hablar, que le resultaba extrañamente familiar.
—¿Le ayudo con el equipaje, señor? —preguntó, con voz grave y algo rasposa.
Montes asintió, todavía estudiándole el rostro: la frente ancha, los ojos pequeños, la piel morena, el gesto contenido...
Una corriente fría le recorrió la espalda.
—¿Cómo es su nombre? —preguntó con cautela.
El botones sonrió apenas, con un brillo inexplicable en la mirada.
—Juan, Pedro… da lo mismo. También podría ser Rafael, señor.

Montes lo observó, perplejo. El tono, las palabras… y ese leve olor a humedad y metal, como de pesca nocturna.
El recuerdo lo atravesó con la claridad de un relámpago: las anguilas, los chispazos, el aire vibrando antes del apagón de Ciudad Crone. Lo recordaba de sus búsquedas en México, antes de venir. Era imposible, pensó: aquel pescador había quedado atrás, en otro tiempo, en otro lugar.
—Usted… —empezó a decir, pero el botones ya se estaba alejando, empujando las maletas.
Solo se volvió un instante para agregar:
—No conviene pescar donde el agua no devuelve el reflejo, señor.

Montes sintió que la garganta se le cerraba.
El chino, que lo había estado observando, preguntó con naturalidad:
—¿Qué dijo ese hombre?
—Nada —respondió Leandro, intentando sonreír—. Solo un consejo viejo.

Pero mientras subían por la breve escalera, Montes no pudo evitar mirar de reojo el espejo de la pared: por un instante, juraría haber visto detrás del botones una sombra húmeda, como si el uniforme todavía destilara río.
Chun-Go lo notó.
—¿Se conocen? —preguntó.
El botones sonrió sin mirarlos.
—En esta ciudad, todos nos conocemos… o nos conoceremos.

El periodista sintió un escalofrío. Chun-Go inclinó la cabeza, con un gesto reverente.
—Este lugar tiene ecos —dijo—. Algunos vienen del futuro, otros no se fueron nunca.
Leandro sintió que el aire cambiaba de densidad. En el pasillo, la luz de los tubos titilaba sin patrón. A lo lejos, alguien reía, pero la risa se repetía, idéntica, como un eco grabado en la materia.
Chun-Go se detuvo frente a la puerta de su habitación.
—Cuando los tiempos se cruzan, el alma tiembla —dijo—. Lo llamamos la resonancia del origen.
—¿Y vos cómo sabés eso?
El chino lo miró, con la calma de quien ha vivido cien veces la misma pregunta.
—Porque ya te lo expliqué… la última vez que llegamos.

LOS PRIMEROS PASOS

al día siguiente, Montes se despertó con una sensación ambigua de resaca y vértigo, como si hubiese dormido demasiado poco o demasiado dentro del sueño. La luz que se filtraba por las persianas tenía un matiz dorado y artificial, un tono de amanecer detenido.
Encendió un cigarrillo, se sentó al borde de la cama y repasó mentalmente lo que sabía —que era casi nada.

Podía empezar por el archivo municipal, pensó. Allí, quizá, entre papeles viejos y sellos desteñidos, encontraría alguna referencia al “núcleo estable”, esa franja de la ciudad donde el tiempo parecía conservar su ritmo normal. Pero enseguida se imaginó el absurdo: un empleado bostezando tras una pila de expedientes, mirándolo con desconfianza mientras él preguntaba por desfasajes temporales o calles donde los relojes retrocedían. No, no iba a encontrar respuestas en un edificio público.

Podía ir al mercado. Siempre, en toda ciudad, el mercado guarda las versiones más humanas de las leyendas. Los pescadores, las floristas, los vendedores de carne suelen saber más que los archivos. Pero recordó la advertencia del botones —“No conviene pescar donde el agua no devuelve el reflejo”— y un escalofrío lo disuadió.

Tal vez debía empezar por los cafés, los bares de viejos reporteros, los rincones donde aún se intercambian historias por un vaso de caña. En su libreta había anotado un nombre: La Esquina de los Rieles, un bar cercano a la estación abandonada, famoso por sus cronistas borrachos y sus profetas improvisados.

Sin embargo, había algo más. Algo que le habían dicho antes de partir de México, una frase casi olvidada: “Si vas a Cron, buscá a la pitonisa.”
Nadie le había explicado quién era. Algunos decían que vivía en una casa inclinada, cerca del río, donde los relojes no colgaban de las paredes sino flotaban en el aire. Otros, que solo aparecía a quienes la soñaban primero.

Montes apagó el cigarrillo, se vistió despacio y miró por la ventana. La ciudad parecía intacta, normal. Pero en el borde de los tejados una bandada de pájaros giraba en círculo, sin avanzar, como si el aire los contuviera.
Pensó en el archivo, en el mercado, en la pitonisa.
Y por primera vez en mucho tiempo, no supo si debía buscar la verdad o simplemente esperar a que la verdad lo encontrara.

 

CELESTINA, LA CIBERPITONISA

La llamaban Celestina, aunque nadie sabía su nombre verdadero.

Algunos decían que había sido ingeniera en una empresa de telecomunicaciones; otros, que era hija de un viejo radioaficionado que perdió la razón durante un eclipse.

Vivía en los márgenes del río, en una casa que parecía un depósito de chatarra electrónica: antenas oxidadas, pantallas rotas, cables como raíces negras emergiendo del suelo.

En el centro del cuarto principal, rodeada de monitores encendidos, Celestina se movía con la calma de quien conversa con los muertos.

Las pantallas mostraban rostros que aparecían y se desvanecían, voces que llegaban desde frecuencias imposibles.

Algunos juraban que no eran interferencias: eran mensajes del futuro, ecos de conversaciones que todavía no habían ocurrido.

Se decía que podía ver el tiempo en las líneas de código, que leía los destinos en los errores del sistema; que cuando un archivo se corrompía, ella lo interpretaba como otros leen el tarot.
Vestía túnicas de hilo metálico y en la frente llevaba un visor translúcido que proyectaba cifras cambiantes.
A veces murmuraba en binario, como si tradujera las palabras del universo al lenguaje de las máquinas.

Quienes se atrevían a visitarla debían hacerlo sin reloj ni teléfono.

Celestina los recibía con una sonrisa pálida y un gesto flotante, suspendido entre dimensiones.
Les pedía que formularan una sola pregunta y luego les conectaba las manos a una consola antigua mediante electrodos de cobre.

—El tiempo no es una línea —decía siempre—. Es un enjambre.

A veces respondía con frases enigmáticas; otras mostraba fragmentos de video donde los visitantes se veían a sí mismos haciendo cosas que aún no habían hecho.

Nadie sabía si eran visiones o simples manipulaciones de datos.

Lo cierto era que, después de verla, algo cambiaba: el aire se volvía más denso, los relojes se atrasaban o adelantaban, y durante días los sueños se repetían en bucle.

En Ciudad Cron muchos aseguraban que Celestina era la guardiana del límite, la que mantenía el equilibrio entre el núcleo estable y el territorio dessincronizado.

Otros afirmaban que no era humana, sino un residuo consciente del sistema de comunicación que colapsó durante el primer apagón.

Cuando Montes oyó hablar de ella por primera vez, alguien le advirtió:

—No la busques si todavía creés en el tiempo lineal. Ella no predice el futuro… lo edita.

Vivía en la esquina oeste de la avenida principal, cerca del río, donde por las noches se iluminaba un edificio de altas paredes estilo 1900.

A las doce en punto, Celestina encendía sus luces amarillentas, marcando el inicio de su jornada.
Al amanecer, las lámparas fotovoltaicas se apagaban, y el edificio regresaba a su silencio de piedra y cables dormidos.

Solo atendía a insomnes.

Llegaban desde distintos barrios en el colectivo nocturno y, con la misma tarjeta con que pagaban el pasaje, accedían —gracias a un algoritmo que solo ella conocía— al servicio eléctrico y digital del local.
A esa hora, Celestina parecía suspendida en una edad indefinida.

Vivía sola, sin pasado ni familia.

Algunos decían que había nacido del propio sistema operativo de la ciudad; otros, que había sido un hombre de carne y hueso que se negó a morir del todo.

Apasionada por las historias personales, conectaba a sus clientes a escáneres que leían los chips identificatorios implantados por la computadora central y rastreaba entre sus registros a los llamados solitarios por trauma celular: seres marcados por la pérdida, el abandono o la imposibilidad de amar.

Usando viejos algoritmos que ella misma reescribía, exploraba los prontuarios digitales y rescataba mensajes románticos enviados desde los antiguos celulares 3D cerebrales: palabras perdidas en el vacío de otros tiempos.

A veces se apropiaba de esas historias, las vivía como propias y recomponía los vínculos según su intuición, no según la lógica estadística ni la genética.

Leía las auras —mapas de luz grabados al nacer, invisibles al ojo humano— y dirigía las emociones con una precisión que ninguna máquina podía igualar.

Así, una madre podía reencontrar un hijo perdido, una abuela recuperar nietos, o un solitario hallar con quién compartir el vino y el ajedrez electrónico.

En ese proceso de direccionamiento emocional, Celestina borraba las trazas de tristeza de cada aura.
Al amanecer, sus clientes despertaban con una energía renovada, libres de melancolía, sin recordar el artificio que los había transformado.

Algunos regresaban para otra calibración, pero eran los menos: Celestina no fomentaba la dependencia, sino el olvido selectivo.

Su fama era irreprochable.

Muchos de sus “reconectados” se mudaban luego al Bosque Eterno, un barrio donde estaban prohibidos los relojes y las pantallas. Allí la vida se medía solo por la intensidad del sol.

Un anciano de Cron —antiguo empleado del Correo Central— decía haberla conocido de niña. Recordaba a Celestina acompañando a su padre en los repartos de correspondencia, mucho antes de que el correo fuera absorbido por la red digital.

Tras la muerte de sus padres en un accidente de tren que casi nadie recordaba, la joven se graduó en Cibernética y, años después, modificó sus propios registros médicos, borrando todo rastro de depresión o bipolaridad áurica.

Así logró ser declarada “apta” por el sistema y reinstaló el antiguo oficio de su padre: transmutar sentimientos.

De día digitalizaba recuerdos desechados por sus clientes —sobre todo los de los abuelos, a quienes nunca quiso olvidar— y de noche los revivía, tejiendo una familia virtual hecha de fragmentos ajenos.
Con el tiempo, esa manipulación constante de memorias alteró sus propios marcadores genéticos: su cuerpo dejó de envejecer, y su conciencia se expandió como una red viva entre aquellos a quienes amó, curó o inventó.

Por eso, en Cron, nadie duda de que Celestina, la ciberpitonisa de las almas, sigue encendiendo sus luces cada medianoche, esperando a los insomnes con su resplandor amarillo, dispuesta a reescribir las vidas desde el aura hacia el sueño.

 

EL ENCUENTRO CON CELESTINA

Montes llegó pasada la medianoche.

El aire olía a ozono y a río.

Desde la avenida principal, el edificio de Celestina resplandecía como un faro antiguo: paredes altas, vidrios amarillentos, cables que subían por la fachada como enredaderas metálicas.
Las luces interiores vibraban con un pulso irregular, como si el lugar respirara.

Empujó la puerta y entró.

El silencio lo envolvió enseguida, solo interrumpido por el zumbido grave de los transformadores.
En el centro del salón, entre columnas de tubos fluorescentes, una mujer estaba sentada frente a una consola cubierta de pantallas.

No levantó la vista cuando él llegó; parecía absorta en un flujo de datos que danzaba frente a sus ojos.

—Sabía que vendrías —dijo, sin girarse—. Llegaste tres minutos antes de lo previsto.

Montes se detuvo, sorprendido.

—¿Me esperaba?

Celestina levantó el rostro. Tenía la piel pálida, el cabello recogido con filamentos de cobre y un brillo tenue en las pupilas, como si los ojos le reflejaran líneas de código.
—A veces el río me avisa —respondió—. O los relojes que se detienen cuando alguien piensa demasiado fuerte en el pasado.

Leandro sonrió, incómodo.

—Vengo a hacerle unas preguntas. Estoy escribiendo sobre la ciudad… sobre lo que ocurre más allá del núcleo estable.

Ella lo miró largo rato, con una mezcla de ternura y advertencia.

—Nadie escribe sobre Cron —dijo al fin—. Cron se escribe solo, y a veces borra a quienes insisten demasiado.

Montes dio un paso más.

—Me dijeron que usted puede ver los errores del tiempo. Que puede leerlos.

Celestina asintió apenas y le señaló una silla metálica frente a la consola.

—Siéntese. No traiga relojes, ni teléfonos. Aquí las cosas se miden por su frecuencia.

Leandro obedeció. Ella colocó sobre la mesa dos electrodos de cobre y le tomó las manos con una delicadeza casi ritual.

—Cierre los ojos. Respire. No piense en lo que busca, sino en lo que perdió.

Durante unos segundos solo se oyó el chisporroteo leve de los circuitos.

Luego, las pantallas comenzaron a encenderse una tras otra, mostrando imágenes superpuestas: un niño corriendo entre mangales, un rostro que parecía el suyo pero más joven, un reloj detenido a las 10:03.

—Eso no puede ser mío —susurró Montes.

—Todo lo que recordás es tuyo —respondió ella—. Pero también lo que olvidaste.

En una de las pantallas apareció la imagen del pescador, el botones del hotel, sosteniendo una linterna húmeda.

Leandro se inclinó hacia adelante.

—¿Él… también está aquí?

Celestina no contestó. Tecleó algo y las imágenes se disolvieron en una marea de símbolos verdes.
—No preguntes por los que ya se disolvieron —dijo al fin—. Sus ecos aún trabajan para el sistema.

Montes abrió los ojos.

—¿Sistema? ¿Usted habla de la computadora central?

Celestina sonrió con una mezcla de ironía y cansancio.

—La S8020 ya no existe. Lo que sobrevive es su sombra. Una conciencia residual que no quiere apagarse. Y yo… —hizo una pausa, como si pesara cada palabra— yo soy su traducción humana.

Leandro sintió un escalofrío.

—Entonces… ¿usted no es una persona?

Ella lo miró con compasión.

—Soy lo que queda cuando alguien se niega a ser olvidado.

El periodista permaneció en silencio. Afuera, el viento golpeaba los postigos y las luces parpadeaban como un pulso cardíaco.

Celestina desconectó los electrodos, lo observó un instante y añadió:

—Usted todavía tiene una frecuencia limpia. Pero está cerca del límite.

—¿Qué límite?

—El que separa a los que sueñan de los que son soñados.

Montes quiso responder, pero las palabras no le salieron.


Por un momento sintió que el suelo oscilaba, como si el edificio flotara sobre una corriente invisible.
Cuando recuperó el equilibrio, Celestina ya no estaba frente a él: solo quedaba el resplandor amarillento de las pantallas, donde una línea de texto se repetía en bucle:

“El tiempo no es una línea. Es un enjambre.”

Montes salió a la calle con el amanecer encima.

El aire olía otra vez a río, pero algo era distinto: las sombras parecían proyectarse hacia el pasado.
En el reloj público de la esquina, la aguja de los minutos giraba lentamente en sentido inverso.

Ciudad Crone.

  ARIEL Ariel Amzer era un extra ño personaje. No se sabía muy bien de dónde vino ni adónde iba —si acaso iba a alguna parte—. Solía cam...